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El pasado fin de semana, Nina Totenberg, la corresponsal judicial de la Radio Nacional Pública (NPR), inadvertidamente creó una mini controversia cuando dijo en el programa Inside Washington: “Estaba en, y perdónenme la expresión, una fiesta de Navidad en el Departamento de Justicia”. Algunos pensaron que Totenberg había agregado ese “perdónenme la expresión” en un gesto de cesión a la corrección política; pero en realidad, con ello Totenberg se estaba burlando del Departamento de Justicia de Obama. Era el Departamento de Justicia mismo el que oficialmente había denominado el evento al que Totenberg asistió como fiesta para celebrar “las festividades” y Totenberg dijo después al Washington Post: “Me parece un poco tonto porque obviamente era una fiesta de Navidad. Estaba riéndome del Departamento de Justicia. Era un toque de ironía a expensas del Departamento de Justicia, no a expensas de la Navidad”.
¿Cómo es que hemos llegado hasta el punto de que el Departamento de Justicia no pueda llamar fiesta de Navidad a una fiesta de Navidad? Como parte de la serie de la Fundación Heritage Entendiendo a Estados Unidos, la directora de Estudios de Política Doméstica, Jennifer Marshall explica:
En la actualidad, se entiende muy mal [la relación entre] las raíces religiosas del orden americano y el rol que tiene la religión en el ininterrumpido éxito de América. Una fuente de la confusión es la frase “separación de iglesia y Estado”, una frase usada por el presidente Thomas Jefferson en una carta extensamente malentendida a la Asociación Baptista de Danbury de Connecticut en 1802. Muchos piensan que eso significa una separación radical de la religión y la política. Algunos han llegado tan lejos como para sugerir que la religión debería ser completamente personal y privada, que hay que mantenerla fuera del ámbito público y de las instituciones como las escuelas públicas.
Eso es incorrecto: Jefferson quería proteger la libertad de los estados del control del gobierno federal y la libertad de los grupos religiosos para que pudieran atender sus asuntos internos de la fe y su práctica sin interferencia del gobierno en general. Lamentablemente, la frase de Jefferson es ciertamente más conocida que el texto de la Primera Enmienda de la Constitución: “El Congreso no hará ley alguna con respecto a la adopción de una religión o prohibiendo el libre ejercicio de dichas actividades”.
Lejos de prohibir la expresión religiosa en el ámbito público, la intención de los autores de la Constitución de Estados Unidos con la Primera Enmienda era asegurarse de que creyentes e instituciones pudieran involucrarse libremente en la política, la toma de decisiones y que ayudaran a formar el consenso moral de la opinión pública. De hecho, la participación religiosa para moldear la moralidad pública era vista por los Fundadores americanos como esencial para la libertad ordenada y para el éxito de su experimento en autogobierno. Citamos a Marshall nuevamente:
La libertad es piedra angular del experimento americano. Es así porque la fe religiosa no es simplemente una cuestión de “tolerancia” sino que se entiende como el ejercicio de “derechos naturales inherentes”. Como George Washington observó alguna vez: “[E]l el Gobierno de Estados Unidos, que no avala el fanatismo ni apoya la persecución, solamente pide que los que vivan bajo su protección se comporten como buenos ciudadanos, otorgándole en todo momento su apoyo a todos los efectos”. Y “lo que aquí se considera como un derecho para con las personas, es un deber para con el Creador” escribía James Madison en Memorial y Manifiesto (1786). “Este deber es precedente, tanto en el orden de tiempo como en el grado de obligación, a las exigencias de la sociedad civil”.
El modelo de libertad religiosa brillantemente diseñado por Madison y los otros fundadores americanos es fundamental para el éxito del experimento americano. Es esencial para la búsqueda ininterrumpida de los ideales de América enunciados en la Declaración de Independencia, para la libertad ordenada encarnada en la Constitución y para la paz y la estabilidad en todo el mundo.
Por tanto, la próxima vez que vaya a una celebración de “las festividades”, no tema exhibir una sonrisa y desearle a todos una “Feliz Navidad”. La Constitución protege su derecho a hacerlo.
Este artículo está disponible en inglés en Heritage.org











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