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El 112º Congreso tiene un plan sin precedentes. En su primer día, va a leer en voz alta la Constitución de Estados Unidos: el documento que todo miembro del Congreso jura defender. Cuando le pidieron en el canal MSNBC que hiciera un comentario al respecto, Ezra Klein, reportero del Washington Post, contestó: “Eso es un truco. Quiero decir, uno puedo decir un par de cosas sobre ella. Una, que no tiene poder vinculante sobre nada. Y dos, que el problema con la Constitución no es que la gente no lea el texto y crea que lo entiende. El problema con la Constitución es que el texto causa confusión porque se escribió hace más de 100 años y lo que la gente cree que [el documento] dice varía de persona a persona y varía dependiendo de lo que quieran lograr”.
¡Chúpense esa, tontos miembros del Congreso! Según Klein, la Constitución es inescrutable y es solamente una herramienta para que la gente consiga que se aprueben propuestas idiosincrásicas de acción política. Miren en lo que ha venido a quedar el juramento…
Pero la historia y el origen de nuestra Constitución son algo conocido. En su famoso discurso ante la Convención Anual de Abogados de la Sociedad Federalista en 1985, el anterior Procurador General de la República Edwin Meese nos recordaba que la Constitución “no está enterrada en el tiempo”. No fue escrita al azar. La Constitución de Estados Unidos es un documento cuidadosamente elaborado: los Fundadores “propusieron, sustituyeron, editaron y revisaron con cuidado”. Se mantuvo un escrupuloso registro de los debates, los conflictos y compromisos que surgieron durante las Convenciones Constitucionales. El Padre de la Constitución, James Madison, escribió informes completos sobre la Convención. “Otros, los federalistas y los antifederalistas por igual, confiaron al papel sus debates a favor y en contra de la ratificación, así como su interpretación de la Constitución de modo que sus ideas y conclusiones se pudieran distribuir, leer y entender ampliamente”. Por tanto, gracias a los panfletos, las cartas y los bien documentados debates y borradores de la fundación, el significado de la Constitución es, de hecho, conocible.
La Guía Heritage de la Constitución (publicada en 2005, lo bastante recientemente como para que Klein sea capaz de entenderla) ofrece explicación y análisis de la Constitución cláusula a cláusula. En su ensayo de presentación, David Forte sostiene que “el constitucionalismo escrito implica que aquellos que hacen, interpretan y hacen cumplir la ley se deberían guiar por el significado de la Constitución de Estados Unidos – ley suprema de la nación – tal y como fue originalmente escrita”.
Un enfoque originalista de la Constitución no es algo para los intelectualmente letárgicos. La Constitución es un documento bien trabajado que amerita un determinado planteamiento interpretativo: “Allí donde el lenguaje de la Constitución sea específico, deberá acatarse. Donde haya un consenso demostrable entre los Fundadores y los que ratificaron [la Constitución] respecto a un principio explícito o sobreentendido en la Constitución, deberá seguirse. Donde haya ambigüedad respecto al significado o alcance exacto de una disposición constitucional, se deberá interpretar y aplicar de forma que por lo menos no contradiga el texto mismo de la Constitución”. Los debates más interesantes entonces se centrarán en la aplicación de principios constitucionales, no en si estos principios existen. Este enfoque “no acaba con la controversia o el desacuerdo, pero los confina dentro de una tradición constitucional de principios que materializan el Estado de Derecho”.
En contraste con lo que Klein sugiere, cuando los miembros del 112º Congreso juren defender la Constitución, estarán asumiendo un gran y noble cometido. Los que intentan utilizar la Constitución para que esta les surta propuestas categóricas de acción política buscarán en vano en el texto. La Constitución no pretende tener la respuesta a toda interrogante de acción política, sino que responde a la pregunta sobre cómo se deben abordar y solucionar los problemas en una república democrática.
Los miembros del Congreso deberán deliberar sobre temas difíciles y es preceptivo que tomen en consideración cómo las propuestas que se les presentan concuerdan con la Constitución. Ese documento no es un código legislativo inextricablemente ligado al siglo XVIII, ni tampoco es un espejo que simplemente refleja los pensamientos y las ideas de los que se coloquen ante él. La Constitución es “la ley suprema de la nación” que, bajo juramento, se comprometen a respaldar y defender.
Este artículo está disponible en inglés en Heritage.org











