Muchos periodistas izquierdistas, blogueros y comentaristas han estado explotando desvergonzadamente la tragedia del pasado fin de semana en Tucson, Arizona. Para ellos, hay una lección por aprender acerca de este acto de violencia sin sentido cometido por un hombre indudablemente con problemas. Paul Krugman del New York Times dice que él estaba incluso “hasta cierto grado, esperándose que sucediera algo como esta atrocidad”. Krugman concluye: “Si Arizona promueve algún examen de conciencia, podría ser un punto de inflexión. Si no, la atrocidad del sábado será solo el principio”.
Este argumento inductor del miedo es una vieja y gastada receta progresista, que rechaza la realidad de la tradición política americana y las fundamentales ventajas de tener una ciudadanía que profesa un sólido espíritu de autogobierno.
A pesar de todos los llamamientos en pro de un debate público más educado, la historia revela poquísimos modelos semejantes. Desde la fundación de Estados Unidos, el escenario político ha sido de todo menos sereno. Alexander Hamilton, en el Federalista Nº 1, ya anticipaba la intensidad de muchos debates públicos en América cuando apuntó esto:
“… A la fecha tenemos bastantes indicios de que en este caso ocurrirá lo mismo que en todos los anteriores de gran debate nacional. Se dará rienda suelta a un torrente de iracundas y malignas pasiones. A juzgar por la conducta de los partidos opuestos, llegaremos a la conclusión de que esperan demostrar la justicia de sus opiniones y aumentar el número de sus conversos a través de la estridencia de sus peroraciones y la acritud de sus invectivas”.
La campaña presidencial de 1800 entre Thomas Jefferson y John Adams fue una de las más divisivas de la historia americana, en ella calificaban a Jefferson de “jacobino” y a Adams de “monárquico” – los equivalentes de “anarquista” y “socialista” en el siglo XVIII.
Tampoco olvidemos que durante el debate sobre el Tratado Jay en 1793, había un ambiente político discorde y explosivo entre las facciones profrancesas y probritánicas. Los conflictos partidistas dividían al país y la tensión estaba por todo lo alto en la capital de Filadelfia donde residía el presidente George Washington en ese entonces. John Adams describió vívidamente las manifestaciones profrancesas: “Diez mil personas en las calles de Filadelfia, día tras día, amenazaban con arrastrar a Washington fuera de su casa y efectuar una revolución en el gobierno u obligarlo a declarar la guerra en favor de la Revolución Francesa y contra Inglaterra”. Tales acciones no eran ciertamente el paradigma de la educación, pero tampoco se consideraban como un fracaso de la política.
El entendimiento que tenían los Fundadores de la naturaleza humana y de la naturaleza de la política les permitió admitir el conflicto y los fuertes desacuerdos en la arena pública y darles cabida a través de toda la estructura del orden constitucional americano. A lo largo de la historia americana, los sentimientos y las pasiones del pueblo a veces desembocan en discusiones desagradables y vitriólicas.
Los progresistas modernos pueden sentir que es engorroso meterse en briosas discusiones y que los servidores públicos no deberían rebajarse a mezclarse con el sentir de los americanos comunes y corrientes. De hecho, los progresistas originales intentaron proyectar la brillantez de sus soluciones de acción política en lo que deseaban que fuera la pantalla en blanco de la política americana. Pero esa no es la manera americana.
James Madison habría podido estarle hablando a Krugman y a otros progresistas cuando ofreció este consejo imperecedero sobre la naturaleza esencial de la política americana en el Federalista Nº 46:
“Los adversarios de la Constitución parecen, haber perdido completamente de vista al pueblo en sus razonamientos sobre esta materia… Aquí debemos recordar su error a estos señores, diciéndoles que la autoridad final, sea cual fuere la autoridad delegada, reside sólo en el pueblo… La verdad, tanto como el decoro, exigen suponer que el resultado ha de depender en todos los casos de los sentimientos y la sanción de sus electores comunes”.
La tragedia en Tucson es un crimen contra todos nosotros. Pero el crimen es el crimen y el debate es el debate. Borrar esta distinción sumado al deseo de suavizar el debate público en favor de una perspectiva política es un añadido verdaderamente tóxico a la política americana y contribuye a un periodismo irresponsable.
Este artículo está disponible en inglés en Heritage.org





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