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  • El impuesto sobre ingresos cumple 100 años

     

    El impuesto federal sobre los ingresos ya es centenario, pues el 3 de febrero de 1913 se ratificaba la Decimosexta Enmienda a la Constitución.

    La recaudación que genera el impuesto sobre los ingresos le permite al Congreso expandir enormemente el tamaño del gobierno federal. De hecho, probablemente nunca volvamos a tener un gobierno federal del tamaño del que teníamos antes de que la Decimosexta Enmienda se convirtiese en ley.

    Pero aunque el impuesto sobre los ingresos genere descomunales cantidades de recaudación que permiten la existencia de un estado omnipresente, sólo puede recaudar una cantidad limitada.

    El tipo máximo individual del impuesto sobre ingresos llegó a su nivel más alto, el 91%, en la no tan lejana década de los 60 y alcanzó su mínimo del 28% a finales de los años 80. Y aunque el impuesto sobre los ingresos subió de promedio el 8% del producto interior bruto (PIB), nunca había excedido del 10.2% (alcanzado sólo una vez en el año 2000, en el apogeo de la burbuja tecnológica).

    Eso se debe a que unos tipos más elevados para el impuesto sobre ingresos no dan como resultado un maná recaudatorio, puesto que, vaya sorpresa, la gente responde a los incentivos. Cuando los tipos son más altos, la gente trabaja menos, invierte menos y corre menos riesgos. Algunos incluso renuncian a su ciudadanía. Estas respuestas, predecibles y sensatas, limitan los beneficios recaudatorios procedentes de unos tipos impositivos más altos.

    El tope natural a la recaudación del impuesto sobre los ingresos puesto por la reacción instintiva de los contribuyentes es un obstáculo para aquellos que, como el presidente Obama, quieren expandir el gobierno federal más allá de su ya hinchado tamaño.

    Necesitan una recaudación mayor para pagar los gastos que desean, pero no pueden obtenerla del impuesto sobre ingresos. El reciente incremento del tipo máximo hasta el 39.6% no hará casi nada por reducir los déficits y la deuda, pero sí causará un daño considerable a nuestra frágil economía. Y unos aumentos adicionales tampoco modificarán el panorama de nuestra deuda, aunque le causarían aún más perjuicios a la economía.

    Por tanto, supone un gran peligro el concederle al Congreso autoridad para imponer nuevos impuestos masivos, como un impuesto sobre el valor añadido (IVA) o un impuesto sobre el carbono. Estos impuestos le permitirían al gobierno crecer más todavía, exactamente igual que hizo el impuesto sobre los ingresos hace 100 años. La adopción de estos nuevos impuestos es el único modo que tienen de conseguir la recaudación que tanto anhelan quienes creen en un gobierno omnipresente.

    Y aunque luchar a día de hoy contra el impuesto sobre los ingresos supondría un enorme desafío, sí podemos frenar la imposición de nuevos impuestos que permitirán que el gobierno se haga aún más omnipresente. Si no lo hacemos, nuestros descendientes nos mirarán dentro de 100 años lamentando que no detuviésemos la implantación de esos impuestos, de la misma forma que nosotros nos lamentamos de que nuestros antepasados nos legaran el impuesto sobre los ingresos.

     

    La versión en inglés de este artículo está en Heritage.org. 

     

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