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Estado de Omisión

 

 

El presidente Obama, en su discurso de la pasada noche en el Capitolio, describió el estado de la Unión tal como lo ve — fuerte y haciéndose más fuerte, en el que el crecimiento futuro se ve alimentado por su búsqueda de políticas progresistas y una expansión del gobierno federal, todo ello diseñado para conseguir su tipo de “justicia”. El presidente volvió, en esencia, a pronunciar su Discurso del Estado de la Unión de 2011 — con toda la misma retórica vacía, la lucha de clases disfrazada en “justicia” y con propuestas de enormes incrementos de impuestos y gastos.

El discurso fue notable por las cosas que no mencionó, incluyendo muchos de sus fracasados programas y políticas de gasto que ha llevado a cabo en los últimos tres años, los desafíos de política exterior y de defensa que ha exacerbado y las decisiones económicas que no ha tomado y que habrían creado empleo e impulsado el crecimiento económico.

El gobernador Mitch Daniels (R-IN), que dio la respuesta al Discurso del Estado de la Unión, destacó esas grandísimas omisiones — el estado de las crisis económica y fiscal de Estados Unidos, la promesa del presidente de solucionarlas y su fracaso ya que no ha hecho nada salvo empeorar las cosas, todo ello junto con un gasto de estímulo de un billón de dólares y una burocracia rápidamente en expansión:

 

El porcentaje de americanos con un empleo está en el mínimo en décadas. Uno de cada cinco varones en buena edad de trabajar y casi la mitad de todos los que tienen menos de 30 años, no fueron a trabajar hoy.

En tres cortos años, una explosión sin precedentes del gasto con dinero prestado ha añadido billones a una ya de por sí inasumible deuda nacional. Y a pesar de eso, el presidente nos ha puesto en el camino a hacerlo mucho peor en los años venideros. El gobierno federal gasta ahora uno de cada cuatro dólares de la economía completa; pide prestado uno de cada tres dólares que gasta.

 

Aparte de la verdad sobre las profundidades de la crisis de desempleo de Estados Unidos y el alcance del gasto gubernamental, el presidente apenas mencionó su legislación estrella, Obamacare, que se enfrenta a un desafío constitucional en la Corte Suprema; el Seguro Social y la crisis nacional de los derechos a beneficios; su decisión de decir “no” al oleoducto Keystone XL y los trabajos que traería consigo; el escándalo Solyndra y los fracasos de sus iniciativas de energía verde; la ilegalidad de sus nombramientos a la Oficina de Protección Financiera del Consumidor (CFPB) y a la Junta Nacional de Relaciones Laborales (NLRB); el fracaso del Senado en aprobar un presupuesto durante 1,000 días bajo el liderazgo de su propio partido; los altos costos que sus nuevas regulaciones traen consigo; la oposición de su partido a los acuerdos de libre comercio; las fraudulentas elecciones en Rusia; el colapso que se cierne sobre el euro; las advertencias sobre su decisión de reducir drásticamente el gasto de defensa; los desafíos pendientes en Afganistán; y la violencia que ha estallado en Irak tras la salida de las tropas de Estados Unidos.

No es sorprendente, desde luego, que el presidente quisiera ocultar sus fracasos, pero es preocupante ver que su plan es continuar con el rumbo progre que ha fijado para el país. En palabras del presidente: “Podemos conformarnos con un país donde un número decreciente de personas van realmente bien mientras que un creciente número de americanos apenas sobreviven. O podemos recuperar una economía donde todos tienen su oportunidad, todos hacen su parte y todos juegan con las mismas reglas”.

El argumento de la “justicia”, que el presidente vistió con los más moderados términos, expone el fundamento de una deconstrucción al por mayor del Estados Unidos que conocemos. En vez de un país donde los individuos son libres de ascender y caer por sus propios méritos, el presidente busca un sistema donde un todopoderoso gobierno federal garantice igualdad de resultados, al margen del mérito propio. Matthew Spalding, de la Fundación Heritage, lo explica:

 

[Desde el punto de vista de Obama], la “justicia” no fluye de la oportunidad y la libertad del individuo, sino de más poder gubernamental, más programas educativos federales, más regulaciones económicas y más gasto en infraestructuras. Y, desde luego, elevar los impuestos a los ricos para pagar estas “inversiones” sólo sería justo.

Tales prescipciones políticas conducen a una clase gobernante que insiste en forzar la ‘justicia’ política y económica en vez de dejarnos gobernarnos a nosotros mismos, elegir nuestras propias vocaciones y ganarnos nuestro propio éxito. La idea de que el gobierno podría y debería dar el paso de garantizar la justicia económica es contraria a los principios fundacionales que hacen Estados Unidos tan grande — y que capacitan a sus ciudadanos alcanzar el éxito. Es contrario al significado mismo del Sueño Americano.

 

Estados Unidos se enfrenta a significativos desafíos: una deuda de $15 billones, 13.1 millones de americanos desempleados, una explosión de los costos de los derechos a beneficios y la atención médica, un ejército descuidado, la amenaza constante del terrorismo, un Irán nuclear y la guerra que sigue en Afganistán, entre otras cosas. Hay esperanza, pero no emana de un gobierno federal más grande y poderoso que ahoga el espíritu emprendedor, ignora nuestra crisis fiscal y rechaza la necesidad de una fuerte defensa nacional. El presidente dice que el estado de la Unión está fortaleciéndose, pero está haciendo muy poco para garantizar que eso ocurra.

 

La versión en inglés de este artículo está en Heritage.org.

 

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