En lo que la web Politico denomina “el primer tufo de desesperación dentro de la Casa Blanca por la lentitud de la recuperación económica”, el presidente Barack Obama habló ayer ante la Cámara de Comercio de Estados Unidos afirmando: “Entiendo los desafíos a los que se enfrentan. Entiendo que estén bajo una increíble presión para recortar costos y mantener sus márgenes. Entiendo la importancia de sus obligaciones con sus accionistas y las presiones que crean los informes trimestrales. Yo lo entiendo”. No. No lo entiende.
El presidente Obama siguió con su discurso y dijo: “Incluso a medida que eliminamos gravosas regulaciones, las empresas de América tienen también la responsabilidad de reconocer que hay algunas medidas de protección, algunos estándares básicos necesarios proteger al pueblo americano del perjucio o la explotación. No toda regulación es mala. No toda regulación es una carga para una empresa. Muchas de las regulaciones existentes son cosas a las que damos la bienvenida en nuestras vidas”. Suena bonito. Pero luego el presidente se puso a defender Obamacare, su ley de salud que requiere cientos de nuevas regulaciones, aumentos de impuestos por más de $500 mil millones y que ya ha forzado al Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) a conceder más de 700 dispensas a los aliados políticos del presidente Obama.
Cualquier exitosa economía de mercado requiere algunas reglas básicas para operar. Pero hay una gran diferencia entre un sistema general de reglas que se apliquen por igual a todos comparado con un invasivo plan regulador que recompensa a los que tienen contactos en el mundo de la política. Si el presidente de verdad quiere “entender”, debería leer el nuevo informe de la Fundación Heritage escrito por Bruce Caldwell “Diez perspectivas (mayormente) hayekianas para épocas económicas difíciles”. Como afirma Caldwell, Friedrich Hayek hizo hincapié en la necesidad de tener reglas claras e inequívocas para que los mercados funcionen eficazmente, pero también supo reconocer los peligros que aportaba la regulación gubernamental. Específicamente, Hayek observó que las nuevas regulaciones (1) apuntan siempre a las causas de la crisis previa, no a las de la crisis siguiente; (2) inyecta incertidumbre en el mercado; y (3) los intereses especiales fuertes se apropian de ellas. Sobre este último punto, Hayek escribió:
“Finalmente debemos mencionar otro caso en el que es innegable que el mero hecho del tamaño cree una posición altamente indeseable: a saber, que debido a las consecuencias de lo que le suceda a una empresa grande, el gobierno no pueda permitir que esa empresa caiga”.
Caldwell observa que este pasaje se refiere con casi total certeza al primer rescate financiero de Chrysler en 1979 durante el mandato del presidente Jimmy Carter. Demos el salto hasta el Super Bowl de este domingo y vemos que el gobierno federal sigue avalando a Chrysler. Incluso cuando la compañía se gastó casi $9 millones en el anuncio más largo de la historia del Super Bowl, el presidente de Chrysler, Sergio Marchionne, anunció que estaba buscando un “mejor arreglo” respecto a los préstamos del gobierno financiados con el dinero del contribuyente. Esto es lo que pasa cuando el gobierno y las grandes empresas se juntan: El contribuyente pierde. El presidente Obama ha llegado a afirmar que todas las “inversiones” del gobierno que él propugna serán “proyectos no determinados por la política”. Eso es simplemente imposible: Si el gobierno es el que está tomando decisiones para invertir – sea en trenes de alta velocidad, autos eléctricos o energía solar – esas decisiones son políticas por definición. ¿Cómo puede el presidente negar este hecho tan simple?
El presidente terminó su discurso con una historia abreviada del New Deal, añandiendo que “la relación entre el presidente y los líderes empresariales durante el curso de la Gran Depresión había sido difícil en ocasiones” pero ante el inicio de la guerra, [el presidente Franklin Delano] Roosevelt “reunió a su familia y les explicó que iba a estar al frente de lo que sería la Junta de Producción de Guerra. … Eso no sólo nos ayudó a ganar la guerra; llevó a millones de nuevos empleos y ayudó a producir la gran clase media americana”.
Claro que hay algunos paralelismos entre la Gran Depresión y la Gran Recesión. Como el presidente Obama apuntó al principio de su discurso, la Cámara de Comercio de hoy apoyó su Ley de Recuperación, justamente como lo hizo la Cámara en 1933 apoyando la Ley de Recuperación de la Industria Nacional de Roosevelt en 1933.
Roosevelt expandió el poder y el alcance del gobierno federal, provocando que los empresarios dejaran de invertir su dinero. El presidente Obama ha hecho exactamente la misma cosa. Pero esperemos que los paralelismos acaben allí. Como el presidente Obama reconoció explícitamente ayer, el New Deal no acabó con la Gran Depresión; eso lo consiguió la Segunda Guerra Mundial. “Una Junta de Producción de Guerra” en la que el gobierno y las grandes empresas son una gran “familia” feliz puede haber sido suficiente para ganar la Segunda Guerra Mundial, pero no para “ganar el futuro”.






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