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Hablándole claro al Supercomité

07 / 11 / 2011

 

 

Han pasado doce meses desde que el pueblo americano habló contundentemente en las urnas contra los excesos fiscales, el gasto y el sobreendeudamiento, pero la memoria puede ser muy corta en Washington.

Todo lo que hace falta es que un par de profesionales de la política y los llamados “principales medios de comunicación” denigren al movimiento Tea Party y a los nuevos congresistas —y urjan al compromiso— y ya tiene Ud. el espectáculo de algunos miembros del Congreso escondiéndose tras la bandera supuestamente neutral del “aumento de los ingresos fiscales” y alentando al conocido como Supercomité a que aumente los impuestos.

Eche a la mezcla alguna difamación de los que defienden las posiciones contrarias al gasto y más altos impuestos y ya tiene Ud. una potencial estampida en el Capitolio que tranquilamente podría rivalizar con la huida de una manada de búfalos en una antigua película del Oeste.

Pero aquellos miembros del Congreso que se inclinen bajo la presión de mayor gasto y más altos impuestos encontrarán serios problemas con los votantes — a los que el presidente Obama describió despreciativamente como “amargados” y que “se aferraban a sus armas y a la religión”.

El pueblo americano ha mostrado una y otra vez que no sufre de amnesia; si el mismo viejo grupillo de Washington los traiciona, no es muy probable que los americanos perdonen y olviden.

Muchos políticos olvidan que el pueblo americano siempre recuerda.

Y muchos políticos también piensan que el pueblo americano sucumbirá a los eufemismos (palabra elegantiosa para no decir “mentiras”) tales como “mejoras en la recaudación”. Ese es otro error. Cada vez que un político o periodista rehúsa llamar algo por lo que es —en este caso, subir los impuestos—, el pueblo americano sabe que alguien está intentando poner una venda sobre sus ojos.

Por tanto, aquí le decimos las cosas tal y como son.

Los miembros del Congreso que se sientan en el supercomité —oficialmente el Comité Selecto Conjunto para la Reducción del Déficit, que fue creado por la Ley de Control Presupuestario en agosto—deberían estar sobre aviso de que si proponen subir los impuestos cuando presenten sus recomendaciones para el recorte del déficit este mes, su problema será con el pueblo americano.

El problema de Estados Unidos no es que nuestros impuestos sean demasiado bajos, sino que el gasto del gobierno federal es demasiado alto.

Los miembros del Congreso que se autodenominan conservadores saben que los aumentos de impuestos debilitan la economía. No deberían vacilar por miedo a ser avergonzados demagógicamente por los progres, incluyendo al presidente Obama.

Es muy sólido el caso contra la poción milagrosa que el presidente Obama ha estado vendiendo a través del país durante semanas.

Los conservadores deberían presentar su caso enérgicamente. Deberíamos deleitarnos mostrando cómo el presidente Obama continúa presionando a favor de esos impuestos que más daño harían al empleo — mayores tasas impositivas sobre pequeños negocios, inversionistas y ahorradores.

Elevar los tipos marginales superiores tiene sentido para los que simpatizan con la mentalidad de “Ocupar Wall Street” que creen que los ricos deben ser castigados. Pero cuando el objetivo es una economía de crecimiento con aumento del empleo, abogar por esta política es extravagante y contraproducente.

A la vista de su historial y sus objetivos, es comprensible que el presidente Obama simpatice con la turba izquierdista causando destrozos en Oakland y otras ciudades de la nación. Pero no tiene sentido cuando un conservador de la clase media americana empieza a vociferar acerca de la desigualdad.

Por supuesto que los conservadores deben rechazar los absurdos pronunciamientos del presidente Obama y otros de que los conservadores o los republicanos simplemente quieren mantener bajos los impuestos de los ricos. Los miembros conservadores del Congreso deberían presentar el argumento, una y otra vez, de que los conservadores con principios, especialmente aquellos en el Tea Party, tan vilificado por los medios, no quieren que el gobierno proteja a los ricos. Al contrario.

A la mayoría de la gente no le molestaría ser rico, pero quieren conseguirlo a través de su propio esfuerzo y espíritu de lucha. Lo que estos americanos creen ofensivo es que algunos se conivertan en ricos — o en más ricos— o se enriquezcan más por asociarse con los políticamente poderosos. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, cuando el gobierno elige una compañía para darle subsidios porque le gusta su producto o porque los ejecutivos de esa compañía conocen a gente en altas posiciones y se inclinan ante ellos. Eso es Solyndra.

Los conservadores se preocupan por la libertad.

Y se preocupan por aquellos que hacen uso de las oportunidades que ofrece esta gran nación, en combinación con su esforzado trabajo propio y talentos, para mejorar su nivel de vida, el de sus hijos y sus nietos.

Más aún, los conservadores se preocupan por los procesos que llevan a la creación de riqueza porque tales procesos también llevan a más empleo y a mayores ingresos para otros.

Los progresistas quieren separar de la tributación de los ricos los procesos que llevan a la riqueza y la creación de empleo. La economía, simplemente, no funciona de esa manera.

Otro dato que deberían considerar los que están en el Supercomité mientras estudian cómo reducir el déficit es que el problema de los futuros déficits presupuestarios no es la escasez de recaudación, sino demasiado gasto.

Los ingresos federales en tiempos normales son, en promedio, un 18.5% de nuestra economía. La recaudación se ha hundido actualmente por la recesión y los inútiles programas de estímulo, pero los ingresos se recuperarán tan pronto como la economía se recupere. En contraste con esto, mientras que el gasto está tradicionalmente en el 20% de la economía, hoy está en el 24.3%. Aunque se estima que disminuirá algo al mejorar la economía y disminuir el gasto de la guerra, el gasto despegará de nuevo tan pronto como el gasto en el Seguro Social y Medicare aumente.

El gasto está fuera de control y se va a poner peor con la presente política escogida. Los conservadores no tenemos razón alguna para aceptar una mayor presión fiscal sólo para que Washington pueda gastar más.

Esta batalla es acerca de poner el gasto bajo control y limitar el tamaño y alcance del gobierno.

Dicho simplemente, más impuestos significan más gobierno.

Y que no le quepa la menor duda, esto es lo que sucederá. Los progres prometerán recortes del gasto — y prometerán incluso $3 o $4 de recortes del gasto por cada dólar que se aumenten los impuestos. Solo que estos recortes del gasto nunca, nunca se sustanciarán. Esto ya pasó con el presidente Reagan, ha ocurrido desde entonces y sucederá otra vez. Será como ese querido programa especial de televisión con progres à la Lucy van Pelt que se llevarán la pelota y los conservadores se quedarán como Charlie Brown.

Nosotros en la Fundación Heritage estamos al lado de los 33 senadores que la pasada semana enviaron una carta a los miembros del Supercomité, pidiéndoles que sus recomendaciones siguieran los siguientes criterios:

 

  • “Balancear nuestro presupuesto en diez años.
  • Poner los derechos a beneficios en la senda de la solvencia fiscal.
  • Una reforma fiscal integral que baje los tipos impositivos y promueva el crecimiento económico sin aumento neto de impuestos.
  • Evitar otra rebaja de la calificación crediticia”.

 

Aunque los senadores dejaron al margen un quinto criterio fundamental —una defensa plenamente financiada para proteger a Estados Unidos— el suyo es un claro pronunciamiento que yo suscribo.

Le animo a añadir su nombre a esta carta y a que apoye a los valientes legisladores que siguen firmes en sus principios y que luchan por una verdadera reforma fiscal, no aumentando los impuestos en interés de un “compromiso” preventivo.

 

Edwin J. Feulner

Presidente de la Fundación Heritage

 

La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org.

 

 

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