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La semana pasada, el alcalde de Nueva York Michael Bloomberg acaparó los titulares de la prensa al excluir expresamente la oración del clero en la ceremonia de conmemoración del 10º aniversario del 11 de septiembre. Molestó a muchos americanos ver que un cargo público importante hiciera caso omiso del profundo papel jugado por la comunidad creyente en las postrimerías del 11 de septiembre. Sin embargo, gracias a la intervención de dos presidentes de Estados Unidos invitados al evento, la ceremonia conmemorativa, en última instancia, reflejó la herencia religiosa de nuestra nación.
Tras las palabras del alcalde Bloomberg, le tocó el turno al presidente Obama de ofrecer su consuelo a las familias de las víctimas del 11 de septiembre que allí se habían reunido. Todo su discurso fue directamente tomado del Salmo 46, un pasaje bíblico citado en momentos difíciles por líderes valientes que van desde el Dr. Martin Luther King, Jr. a la ex primera ministra británica Margaret Thatcher. El Reverendo Billy Graham también usó ese texto en su memorable sermón en la Catedral Nacional el 14 de septiembre de 2001.
El expresidente George W. Bush también intervino brevemente en el servicio celebrado en la Zona Cero. Bush explícitamente reconoció la tradición americana de fe al hacerse eco de las palabras de Abraham Lincoln: “Ruego al Padre Celestial pueda aplacar la angustia de su pérdida, y le deje sólo el afectuoso recuerdo de los seres queridos y perdidos”.
El historial del presidente Obama en apoyo a la libertad religiosa, incluyendo la libertad de conciencia para capellanes y profesionales de la salud, deja mucho que desear. Su decisión de invocar la herencia judeo-cristiana de nuestra nación en la arena pública, cuando los organizadores insistieron en un programa no religioso, es un reconocimiento de la continuada importancia de la práctica religiosa para el bien común – y ello debería verse complementado políticamente no solo con palabras sino con obras.










