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“Podríamos ser una democracia más sana si fuéramos un poco menos democráticos”. ¿En serio? Escribiendo para New Republic, Peter Orszag, exjefe de la Oficina de Gestión y Presupuesto de la Casa Blanca (OMB), sugiere que los americanos necesitan transferir gran parte de la operación gubernamental de manos del Congreso a manos de burócratas no electos.
Como remedio a la supuesta parálisis sistémica, Orzsag propone la creación de comités automáticos con miembros no votados en las urnas y detectores como mecanismos que automáticamente establezcan directrices políticas a menos que el Congreso específicamente proponga una alternativa. Orszag no es el único que plantea dudas acerca de la democracia. La gobernadora de Carolina del Norte Bev Perdue dio que hablar la semana pasada al sugerir la suspensión de las elecciones durante algunos períodos electorales para que los congresistas no tengan que preocuparse por irritar a sus electores. El presidente Obama se ha tomado este consejo en serio, apoyándose en burócratas independientes y sin necesidad de rendir cuentas para que apliquen las disposiciones de Obamacare; el presidente también hizo uso del empleo de dispensas ejecutivas para saltarse al Congreso respecto a la reforma educativa.
La alergia de la izquierda a la democracia no es algo nuevo. Desde principios del siglo XX, los progresistas, y en destacado lugar, Herbert Croly, han trabajado para reestructurar el gobierno y que pase a ser un estado administrativo que en gran parte no rinde cuentas a nadie. El Estado Administrativo se basa en la creencia de que los expertos no electos (que se supone son más éticos e imparciales) deberían ser los responsables de formular políticas – no los representantes elegidos por el pueblo en las urnas.
Pero a diferencia de previos progresistas, conscientes de la radicalidad de su postura, los progresistas de hoy intentan presentar la burocracia como algo que se proviene de forma natural de la desconfianza en la democracia de los Padres Fundadores. Es cierto que los Padres Fundadores rechazaban la democracia pura – donde todo el pueblo vota por cada medida del gobierno. Los Fundadores percibieron correctamente que la democracia pura es inestable y demasiado susceptible a la demagogia. Su solución, sin embargo, no era dar el control del gobierno a los burócratas, sino más bien establecer una república mixta con pesos y contrapesos y una separación de poderes diseñada para garantizar tanto la adecuada deliberación como la efectiva rendición de cuentas.
El sistema completamente original establecido por los Padres Fundadores fue elaborado cuidadosamente para equilibrar la eficiencia y la estabilidad. Para protegerse contra una legislación precipitada, indebidamente influenciada por pasiones momentáneas, los Fundadores crearon una legislatura bicameral diseñada para representar una multiplicidad de intereses: la dinámica Cámara de Representantes representa los intereses de las comunidades locales, mientras que el más estable Senado representa los intereses de los estados. Al mismo tiempo, los autores de la Constitución hicieron que el Poder Ejecutivo resida en un ejecutivo unitario, capaz de hacer cumplir de manera eficiente y decisiva las leyes aprobadas por el Congreso. Por último, el Poder Judicial garantiza que el imperio de la ley sea respetado en todo momento.
Como lo demuestra su historial de dos siglos, el sistema constitucional de Estados Unidos está perfectamente diseñado para equilibrar la eficiencia y la rendición de cuentas. Que ahora —como a menudo en el pasado— tengamos serios desacuerdos políticos no es razón alguna para descartar la responsabilidad del gobierno ni para permitir que más burócratas anónimos, no electos controlen nuestras vidas aún más.
La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org.










