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La gira de Obama: Negar la evidencia y repartir culpas

Se está vendiendo como “la gira para escuchar”, un viaje a tres estados de la región central de Estados Unidos, donde el presidente Barack Obama escuchará directamente la voz del pueblo americano sobre la economía y el mandatario hablará sobre sus ideas para el crecimiento del empleo. Sin embargo, la gira más bien tiene las características de campaña electoral y la retórica que el presidente ha traído al viaje está marcada por un desesperado esfuerzo de echarle la culpa a alguien –que no sea él mismo— por los problemas económicos de Estados Unidos.

El presidente inició la gira ayer en Cannon Falls, Minnesota, donde en un momento levantaba su dedo acusador contra la dividida política en Washington y en otro le echaba la culpa de todo a “una racha de mala suerte … un montón de cosas que han sucedido en los últimos seis meses y que no estaban bajo nuestro control”.

Tuvimos una Primavera Árabe en Oriente Medio que promete más democracia y más derechos humanos para la gente, pero que también hizo que los precios de la gasolina subieran – algo duro para la economía, mucha incertidumbre. Luego vino lo de la situación en Europa, donde se están enfrentando a todo tipo de desafíos por lo de su deuda y eso llega hasta nuestras costas. Y tuvimos un tsunami en el Japón y eso rompió las cadenas de suministro y ha creado dificultades para la economía en todo el mundo.

Por mucho que el presidente quiere vender su gira triestatal como una exhibición de saber escuchar o de liderazgo, es más un ejercicio de disonancia cognitiva: Echarle la culpa a todo menos a su propia política por la grave situación económica de Estados Unidos, en lugar de aceptar la responsabilidad de su presidencia en todo ello

La realidad se ha hecho evidente a lo grande. En cada uno de los estado, una gran mayoría de americanos ven que la economía empeora, según un nuevo sondeo de Gallup. La única excepción está Washington DC donde el dinero del contribuyente ha servido para crear un colchón de protección para los del gobierno federal ante la dura realidad de un desempleo del 9,1%,  una duración promedio de desempleo que alcanzó el récord de 40 semanas y un lento ritmo de crecimiento económico que podría dejar el desempleo en niveles permanentemente altos. Contraste esos resultados de la presidencia de Obama con lo que prometió según lo expresa él mismo en su discurso inaugural:

El estado de la economía exige medidas audaces y rápidas, y actuaremos, no solo para crear nuevos empleos, sino también para sentar nuevos cimientos para el crecimiento. Construiremos carreteras y puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que alimentan nuestro comercio y nos mantienen unidos.

Estados Unidos no debe olvidar que el presidente Obama tuvo durante sus dos primeros años un Congreso controlado por los demócratas para conseguir sus medidas audaces y rápidas. Y vaya si lo hizo. Él y sus aliados progresistas en la Cámara y el Senado aprobaron un gasto de estímulo de $780,000 millones con el que el presidente prometió salvar o crear 3.5 millones de empleos para finales de 2010. (Se quedó corto con 7.3 millones de empleos). Y luego estuvo también el mamotreto de 2,700 páginas conocido como Obamacare, la ley ómnibus con 9,000 asignaciones clientelistas de fondos, $3.22 billones en deuda nueva, un rescate financiero de $26,100 millones para los sindicatos en el verano de 2010, los $3,000 millones de dólares del programa Cash for Clunkers (Dinero por su Carcacha) y la ley Dodd-Frank para reformar Wall Street.

Sin embargo, de alguna manera, todas esas medidas no fueron  suficientes. Así, en enero, el presidente aprovechó su discurso del Estado de la Nación para informar a Estados Unidos de que él se centraría especialmente en la creación de empleo. Y he aquí a Estados Unidos, siete meses después, viendo cómo el presidente Obama visita la región central y cuenta la misma historia, esta vez exhortando a poner en marcha políticas parciales de creación de empleo que incluyen mayor gasto en paquetes de estímulo e infraestructura, la renovación de la reducción de los impuestos sobre la nómina que se aprobó inicialmente en diciembre del año pasado , créditos fiscales para las empresas que contratan veteranos, un acuerdo comercial que no envía al Congreso pero al que culpa de no aprobarlo y más aumentos de impuestos para los creadores de empleo. Aunque el presidente tilda sus ideas de nuevas y audaces, solo está ofreciendo el mismo mensaje trillado que ha dejado a Estados Unidos en un atolladero económico.

Encima del gasto y la deuda, con este presidente se ha promulgado regulación asfixiante a la vez que él ha exhortado a mayores aumentos de impuestos que matan la creación de empleo. Mientras tanto, su administración se esfuerza por ir contra la creación de empleo por ejemplo, apoyando a la Junta Nacional de Relaciones del Trabajo (NLRB) que ha tomado medidas contra la compañía Boeing por crear puestos de trabajo en Carolina del Sur que es un estado con Derecho al Trabajo, mientras que también está impulsando políticas a favor de los sindicatos que perjudican a empleadores y trabajadores.

Afortunadamente, el método del Presidente no es la única manera de hacer las cosas. En vez de probar otra vez con la receta keynesiana y confiar en la caridad del Estado, el presidente y el Congreso deben limitar el alcance del gobierno y permitir que los empresarios prosperen. Eso no requiere una gira para escuchar y repartir culpas. Requiere ser un líder y reconocer que las políticas de los últimos dos años y medio no han funcionado y que es el momento de abordar las cosas de otra forma y con ​​un nuevo lenguaje.

 

La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org.

 

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