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Preste suficiente atención al debate del matrimonio de personas del mismo sexo y es probable que oiga cómo la gente que apoya el matrimonio entre un hombre y una mujer está tratando de imponer sus creencias religiosas a otras personas.
Ahonde un poco más en el asunto y verá que muchos proponentes del matrimonio del mismo sexo no se sienten muy cómodos con la acción política desarrollada por creyentes y grupos que apoyan el matrimonio entre un hombre y una mujer.
Cuando se aprobó en California la Proposición 8, por ejemplo, se criticó ampliamente a los mormones e incluso fueron objeto de represalias por la extendida creencia de que la Iglesia mormona y muchos de sus miembros se habían implicado en la política pro-matrimonio. Un activista del matrimonio de mismo sexo fue tan lejos como para decir que su “meta” es que “sacar [a los mormones] del asunto del matrimonio del mismo sexo” y “de vuelta a ayudar a víctimas de huracanes”.
Resulta, sin embargo, que no todos los defensores del matrimonio del mismo sexo tienen problema con la influencia religiosa en la política del matrimonio homosexual.
La semana pasada, un grupo llamado “Igualdad Matrimonial Nueva York” publicó en su blog un post titulado “Líderes religiosos de todo Nueva York publican pronunciamiento en apoyo de la igualdad matrimonial”. Según el post, sus “Firmantes se unen a 734 clérigos y legos más del estado de Nueva York para exhortar a los legisladores a aprobar legislación matrimonial”.
El anuncio incluye un llamado explícito a las enseñanzas religiosas: “Las tradiciones de nuestra fe nos enseñan que todas las personas son hijos de Dios, merecedores de amor, dignidad y tratamiento equitativo y nosotros, los abajo firmantes, por tanto creemos que gays y lesbianas de Nueva York en relaciones de compromiso y amor deberían ser capaces de protegerse entre sí con la red de seguridad esencial que proporciona el matrimonio civil” (énfasis añadido).
El pronunciamiento incluye también un llamado explícito a la acción política: “Pedimos a la Legislatura que apruebe esta ley por el bien de estas parejas y por el bien de nuestro gran estado” (énfasis añadido).
Este ejemplo, claro como el agua, de mezclar religión y política para apoyar el matrimonio homosexual no carece de precedentes, como documenta este Trasfondo de Heritage.
Sería fácil descartar tales llamamientos religiosos a las armas políticas como simples ejemplos de hipocresía dentro del movimiento pro-matrimonio homosexual que han sido poco publicitados. Pero la mejor respuesta es ver tales acciones políticas inspiradas en la religión como momentos reveladores de los que aprender en el debate en general sobre el matrimonio.
Empecemos por tres puntos.
Primero, aunque algunos defensores del matrimonio homsexual podrían creer que “la religión es el principal obstáculo para el progreso político gay y lésbico”, el apoyo al matrimonio de un hombre y una mujer no necesita de la creencia en enseñanzas religiosas de fe particular alguna. Razones para apoyar el matrimonio de un hombre y una mujer incluyen, por ejemplo, el interés público en el fortalecimiento de los lazos entre marido, mujer e hijos, el interés público de crear condiciones que hagan más probable que los hijos nazcan en familias intactas y sean criados por ambos padres biológicos así como el derecho y deber de los ciudadanos libres de hacer leyes que reflejen las realidades humanas naturales.
En este orden, el Ruth Institute ha publicado un folleto que enumera “77 razones no religiosas para el matrimonio hombre/mujer”. Este importante recurso para el debate provee pruebas convincentes de que la gente puede apoyar y apoya el matrimonio entre un hombre y una mujer por razones no religiosas.
Segundo, es perfectamente correcto que creyentes y grupos religiosos se involucren en en política y lleven su perspectiva moral de inspiración religiosa a los asuntos de la política pública. Como dijo Barack Obama en 2006, antes de que fuera presidente:
Los laicos se equivocan al pedir a los creyentes que dejen su religión en la puerta antes de entrar en la arena pública. Frederick Douglass, Abraham Lincoln, William Jennings Bryan, Dorothy Day, Martin Luther King — de hecho, la mayoría de los grandes reformadores de la historia americana — no solo estuvieron motivados por la fe sino que repetidamente utilizaron lenguaje religioso para argumentar su causa. Decir que hombres y mujeres no deberían inyectar su ‘moral personal’ en debates de política pública es un absurdo a todos los efectos. Nuestras leyes por definición son una codificación de la moral, muchas con base en la tradición judeo-cristiana.
Los partidarios de ambos lados del debate sobre el matrimonio deberían respetar la participación razonada en ese debate de gente de todas las creencias o sin fe alguna. El pronunciamiento publicado en Nueva York por clérigos que apoyan el matrimonio homsexual es un recordatorio de este importante principio.
Tercero, aunque no es necesario apelar a las autoridades religiosas para resolver el debate sobre el matrimonio, no hay forma de evadirse de la realidad de que tal debate presenta ineluctables consideraciones morales. Como dijo el presidente Obama en 2006, “Nuestra ley es por definición una codificación de la moralidad”, y como dijo la Corte Suprema de Estados Unidos hace mucho, el matrimonio tiene “más que ver con la moralidad y civilización de un pueblo que con ninguna otra institución”.
Muchos defensores del matrimonio del mismo sexo podrían negar el papel que juega el razonamiento moral en el debate del matrimonio, pero un número creciente de defensores del matrimono homsexual ahora se dan cuenta de que las cuestiones morales son un componente clave del debate. En vez de evitar estas preguntas, el público americano debería tomarlas en consideración directamente y las cortes de justicia deberían mostrar la deferencia debida a las conclusiones morales a las que los ciudadanos libres lleguen sobre este tema.










