¿Qué ocurre cuando una ciudad se traga el cuento completo del sueño progresista? Basta con mirar la ciudad de Detroit. La que otrora fuera gran ciudad perdió 237,493 residentes durante la pasada década, según el Censo de 2010, dejando la población en 713,777 habitantes – un desplome del 25%.
Se trata de la cifra más baja de habitantes que la ciudad ha tenido desde 1910 y marca una caída del 60% desde el máximo de dos millones de habitantes en los años 50. Y esto es sólo de la gente que puede darse el lujo de abandonar la ciudad.
Detroit, en otros tiempos conocida como “el gran arsenal de la democracia”, ha dado muchos titulares por su notable caída. Las 3 empresas automovilísticas de Detroit, conocidas como las “Tres Grandes” ya no son las más grandes y se han quedado rezagadas ante sus rivales extranjeros mientras que la economía de Míchigan perdió 450,000 empleos en la industria manufacturera durante los pasados 10 años, todo ello junto con el descenso poblacional de Detroit. Y mientras que la Ciudad del Motor sufre el desempleo de una industria automovilística diezmada, también padece crimen, altos impuestos, malos servicios municipales, desplome del valor de la vivienda y un sistema de educación pública en ruinas, con un déficit de $327 millones y una tasa del 19% de abandono escolar. ¿Y sorprende que la gente se vaya en tropel?
Pero para comprender por qué la gente en realidad está abandonando Detroit, vale la pena mirar hacia dónde se dirigen. A la vez que Detroit pierde población, los condados vecinos, con menos crimen, mejores escuelas y unas perspectivas económicas en alza, ven incrementarse su población. Una antigua habitante de la ciudad contaba al periódico Detroit News: “Para mí, Detroit se ha vuelto un desastre… No estaba recibiendo el beneficio de pagar impuestos. Los servicios públicos son malos y no podía usar el sistema escolar. Y si uno mira el costo de vida y la corrupción, no tiene más remedio que irse”. En otras palabras, el mal gobierno la hizo irse y ahora está buscando algo mejor en otro lugar.
Que conste que Detroit ha estado bajo liderazgo progresista durante décadas. Y el gran problema de la ciudad hoy es que su salida al progreso se la bloquea el mismo mecanismo político que la ha llevado a la ruina. Un buen ejemplo: los poderosos sindicatos de profesores del estado. En 2003, un filántropo ofreció $200 millones para crear 15 escuelas chárter en la ciudad. A pesar del lastimoso sistema de educación pública de la ciudad, el plan fracasó y se retiró la oferta tras las protestas de la Federación de Profesores de Detroit.
Poco ha cambiado, ocho años después. Un administrador financiero de emergencias nombrado por el estado ha propuesto cambios radicales en las escuelas públicas de la ciudad, incluyendo un plan para convertir en escuelas chárter a 41 de esos centros educativos. ¿Se imaginan quién se ha opuesto a las reformas? Sí, ese mismo sindicato.
El recién elegido gobernador de Michigan, Rick Snyder (R), también está encontrando oposición a sus esfuerzos por implementar reformas. Después de ocho años con una gobernadora demócrata, Jennifer Granholm, el gobernador republicano Snyder ha emprendido cambios en la forma de trabajar del estado: reforma fiscal, recortes de gasto y empoderar a administradores financieros de emergencias para que aborden los problemas en ciudades y escuelas. ¿Quién se opone a los cambios? Los sindicatos, una vez más, con protestas al estilo Wisconsin. William McGurn, del Wall Street Journal, escribe:
Hoy, Michigan no es un estado en las dificultades de California ni Nueva Jersey, ni siquiera de Wisconsin. Es un caso perdido y lo peor está aún por llegar si las cosas no cambian rápidamente — en particular, la relación del sector público con el privado.
“Muchos de los que protestan parecen pensar que la guerra es entre ricos y pobres”, dice Michael LaFaive, director de Morey Fiscal Policy Initiative en el Centro Mackinac, con sede en Míchigan. “Pero la verdadera guerra de clases de hoy en día es entre el gobierno y la gente que lo paga. Y el gobierno está ganando”.
Y los problemas que afligen a Míchigan y Detroit reflejan el problema de la política progresista. Los resultados no cumplen con las expectativas. El conocido periodista Michael Barone del Washington Examiner comenta: “Cuando la gente me pregunta por qué pasé de progre a conservador, mi respuesta es una sola palabra: Detroit. La política progresista que yo esperaba que hiciera de Detroit algo así como el cielo lo ha convertido más bien en un infierno”.
Y ahora, tras vivir en esa pesadilla progresista, los habitantes de Detroit han votado con los pies en números récord.





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