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La renuncia del embajador de Estados Unidos en México, Carlos Pascual, por presiones del presidente mexicano Felipe Calderón, son malas noticias para la administración Obama.
No hay duda de que esto es un “golpe para las relaciones entre Estados Unidos y México, en donde lo personal superó lo institucional.” Será perjudicial para las iniciativas comunes EE UU-México en la lucha contra el crimen organizado en el país vecino y proteger la seguridad americana al convertir una lucha común contra un enemigo real en una competencia política entre líderes nacionales.
Desde que asumió esta embajada clave en 2009, Pascual desempeñó un papel activo en los esfuerzos para hacer entrega rápida de la ayuda del Plan Mérida a México, montó un equipo americano eficaz en México para respaldar los esfuerzos de Calderón para el cumplimiento de la ley y diseñó una amplia estrategia contra el crimen organizado. La secretaria de Estado Hillary Clinton se esforzó a la hora de elogiar a Pascual por su trabajo.
El descontento público de Calderon comenzó por los comentarios hechos sobre el ejército mexicano en los cables enviados desde la embajada de Pascual y revelados por WikiLeaks. El descontento de Calderón llegó a ser muy público en 2011. En una entrevista con el periódico El Universal de la Ciudad de México en febrero, Calderón dijo que Pascual demostró su “ignorancia” sobre México en esos cables y que era culpable de distorsionar la situación de México. También se cuenta que Calderón expresó su descontento con el enviado americano cuando se reunió con el presidente Obama a principios de marzo en la Casa Blanca.
En recientes semanas, las relaciones americano-mexicanas han sufrido bajo la creciente tensión. El asesinato y la lesión de agentes de la ley americanos acaecidos en México en febrero forzaron la mano de los mexicanos para permitir que los agentes americanos pudieran ir armados en suelo mexicano para su autodefensa. La autorización de vuelos de aviones americanos no tripulados en el territorio mexicano para recoger datos de inteligencia en la lucha contra el narcotráfico ha provocado debates y repercusión negativa en México. Y por último, Calderón no está contento con el programa a cargo de la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF) que supuestamente permitió la entrada de armas a México desde territorio americano en un intento por llegar hasta las redes del tráfico de armas.
Ahora que el presidente Obama se dirige de vuelta a casa de su gira latinoamericana, encontrará que se le acaba de complicar aún más la agenda ya que tendrá que lidiar con un quisquilloso presidente Calderón y con un resurgente nacionalismo mexicano.
La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org










