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Lecciones de Libia

Que las fuerzas oriundas respaldadas por el poder militar occidental pudieran derrocar a un odioso régimen impopular respaldado por un ejército de segunda no debería sorprendernos. Después de todo, eso fue exactamente lo que hizo la administración Bush en Afganistán.

De hecho, operativamente, la caída de Kabul se parece mucho a la caída de Trípoli. Como sabemos ahora, derrocar a los talibanes no fue el último capítulo de la participación de EE.UU. en Afganistán, ni tampoco fue un precedente para la “futura forma de hacer la guerra” (entrar y salir con mínimo impacto) como tanto se predijo entonces.

Al igual que con Afganistán, puede que los peligros en Libia disten de haber terminado. El país está inundado de armas fuera del control del gobierno. Hay focos del antiguo régimen que podrían seguir luchando. Los extremistas podrían aún hacer sentir su presencia.

Y la administración Obama tampoco debe mirar a Libia como un modelo para ejercer liderazgo global o proteger los intereses nacionales vitales de Estados Unidos. Deshacerse de Gadafi no era y no debería haber sido el único objetivo, y no debería ser el único criterio para juzgar el éxito de esta acción política. Estamos contentos de que Gadafi ya no esté y elogiamos el éxito táctico de las armas de Estados Unidos y la OTAN. Pero aún quedan en el aire las grandes preguntas para futuras referencias y como precedente.

También se debe reservar la valoración final de esta política hasta que veamos lo que sucede después en Libia. Pero independientemente de cómo salgan las cosas, hay tres obviedades que vale la pena tener muy presente:

1. El “Derecho a proteger” no es lo correcto. A menudo llamado “R2P”, esa noción de que cuando los gobiernos no pueden proteger (o peor aún, oprimen) a sus propios ciudadanos, otros países tienen la “obligación” de intervenir. La R2P fue lo que decidió la operación de Libia. Pero se trata del criterio erróneo para decidir si las fuerzas militares de Estados Unidos deben ser enviadas a arriesgar la vida. Comprometerse a respaldar la R2P puede ser una amenaza aún mayor para la soberanía, la libertad, la paz y la seguridad de lo que sería el dictador promedio. Las naciones son como los individuos: Actúan mejor cuando actúan más por responsabilidad personal que por el capricho de doctrinas internacionalistas. El uso de la fuerza siempre debe ser la valoración que hace un pueblo libre y soberano basada en el equilibrio de lo que es correcto y de lo que está en el mejor interés de la nación.

2. Se debe consultar al Congreso. Cuando las naciones entrar en conflictos armados, se debe informar a sus ciudadanos. Si el tiempo lo permite, es siempre prudente que el presidente pida una resolución de apoyo del Congreso. La Casa Blanca se pasó varias semanas negociando con el Consejo de Seguridad de la ONU por una resolución para apoyar la intervención en Libia. El presidente tuvo tiempo más que suficiente para consultar con el Congreso.

3. Estados Unidos no pueden externalizar su seguridad. Liderar desde atrás puede estar muy bien si los intereses vitales de Estados Unidos no están en juego. Estados Unidos debe, no obstante, tener la capacidad y la voluntad de salvaguardar sus intereses cuando las amenazas ponen en peligro de manera significativa la seguridad, la libertad y la prosperidad de los americanos. Mientras que un “ligero” toque puede ser adecuado para tratar con líderes como Gadafi (quien en ese momento representaba una amenaza directa mínima para Estados Unidos), esta estrategia no cubrirá bien los intereses de Estados Unidos frente a amenazas tipo Irán o en campos de batalla, como en Afganistán, donde la reticencia de la administración a actuar con decisión ha sido ampliamente interpretada como una debilidad. Estados Unidos no puede  defenderse a costa de poco.

 

En muchos sentidos, el uso de la fuerza en Libia por el presidente Obama sienta malos precedentes para la forma cómo Estados Unidos debe usar poder militar para hacerle frente a los peligros del siglo XXI. Se trata de otra obviedad que no se debe olvidar – aunque estemos celebramos la caída de uno de los peores dictadores del mundo.

 

La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org.


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