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Lo que el pasado enseña sobre revoluciones árabes

28 / 04 / 2011

 

La poco penetrante observación del presidente Obama del mes pasado sobre los manifestantes en Egipto queriendo “cambio” es obviamente correcta.

Pero, a pesar del afecto del presidente por esta palabra, hay muy poca certeza de qué traerá  el “cambio” y si éste será congruente con los principios e intereses americanos.

Es demasiado pronto para distinguir la naturaleza de la revolución de Egipto y qué tipo de gobierno saldrá a la luz finalmente. Lo mismo es también cierto para Túnez, Bahréin, Yemen y Libia. Mientras Estados Unidos responde a estos acontecimientos, es útil tomar en consideración cómo respondió América a las revoluciones en América Latina hace casi dos siglos atrás. Cuando los pueblos de América Latina se liberaron del yugo imperial español a principios del siglo XIX, hicieron un llamamiento para que Estados Unidos los apoyara. James Madison describió sus esfuerzos como parte “de la gran lucha de la época entre la libertad y el despotismo.”

A pesar de las grandes esperanzas en “nuestros hermanos al Sur”, la situación sobre el terreno dio que pensar a los estadistas americanos. Ellos se dieron cuenta de que los pueblos de las nuevas repúblicas no sólo se habían librado del Imperio Español, sino que tenían que establecer gobiernos libres y estables en armonía con los principios de libertad antes de que los americanos pudiesen celebrar de verdad su éxito. La prudencia llevó a Estados Unidos a esperar casi cuatro años antes de reconocer oficialmente sus declaraciones de independencia y de entablar tratados comerciales con las nuevas repúblicas.

Durante ese tiempo, sin embargo, el secretario de Estado John Quincy Adams y otros diplomáticos estadounidenses estaban trabajando enérgicamente para procurar que la independencia de las nuevas repúblicas estuviera asegurada y que los principios de libertad prevalecieran en sus nuevos gobiernos. A pesar del apoyo diplomático de Estados Unidos, estaba claro que la ayuda material americana dependería de la naturaleza de sus regímenes y también del respeto a los tratados internacionales, incluyendo la libertad de comercio. En la medida en que Estados Unidos estuviera convencido de que las naciones seguían una trayectoria republicana de autogobierno y se comportaran de una forma responsable entre las naciones de la tierra, ellos tendrían el apoyo de Estados Unidos tanto moral como diplomático.

Tampoco Estados Unidos escapó de la obligación de proteger sus propios intereses. Los diplomáticos americanos exigieron a las nuevas naciones  que impidieran que los corsarios operaran en sus costas, desde donde acosaban a las pacíficas naves comerciales americanas y ponían en peligro vidas estadounidenses. Con esta presión diplomática añadida, el gobierno en Buenos Aires accedió y puso fin a los ataques corsarios. De este modo el camino estaba libre para recibir el reconocimiento de Estados Unidos.

Así en un mensaje especial al Congreso el 8 de marzo de 1822, el presidente James Monroe reconoció oficialmente la independencia de Argentina, Perú, Chile, Colombia y México. Estados Unidos fue el primer país de reconocido prestigio que dio la bienvenida a estas nuevas repúblicas a la comunidad de naciones.

Lejos de ser casos aislados o insignificantes diplomáticamente, estas acciones reflejaron el papel de liderazgo de Estados Unidos en apoyo de la causa de la libertad en el extranjero en aquella época. También dejó en claro que su apoyo a nuevos gobiernos estaba supeditado a los principios políticos y a los intereses nacionales de Estados Unidos.

Estados Unidos debería dejar muy en claro a los gobiernos árabes emergentes que el apoyo moral y material americano está supeditado a su adhesión a los principios de libertad y a su compromiso por impedir que el terrorismo islámico radical prospere en sus territorios. Estados Unidos debería defender con firmeza sus principios e intereses aunque no debería apoyar de forma prematura a ninguna de las nuevas facciones en Túnez, Egipto, Bahréin, Libia o Yemen.

Al mismo tiempo, Estados Unidos debería trabajar para evitar que otras influencias extranjeras, tales como al-Qaeda o Irán, intervengan y envenenen estos tiernos brotes de libertad, al igual que la diplomacia estadounidense hizo con las nuevas repúblicas latinoamericanas, trabajando con Inglaterra para evitar que España y Francia volvieran a apoderase de las mismas.

Años de este tipo diplomacia de principios, pero prudente, culminaron finalmente en la Doctrina Monroe en 1823, cuando las circunstancias permitieron una política militar más sólida en la región. En Oriente Medio, sin embargo, el apoyo a las nuevas democracias a través de intervenciones militares es una forma de apoyo extremadamente arriesgada y costosa, tal como lo demostró la invasión de Irak en 2003.

Tales revoluciones ofrecen a Estados Unidos una oportunidad de fomentar sus principios a través de su gestión de la política exterior. Tal planteamiento no es ni aislacionista ni intervencionista – es prudente y de principios.

Por desgracia esto no es lo que hemos visto en la administración Obama. Ésta se contradijo con respecto a la destitución de Hosni Mubarak en Egipto y parece estupefacta ante los acontecimientos desarrollándose en Oriente Medio. Las declaraciones contradictorias, incoherentes y tímidas de la administración han destacado la ausencia de prudencia de nuestros estadistas modernos y la carencia de una gran estrategia.

Solamente guiado por la justicia y ejerciendo prudencia podrá Estados Unidos salvaguardar sus intereses a largo plazo. América tiene una gran oportunidad en el mundo árabe: O bien puede hacer valer con firmeza los principios fundadores que han definido su éxito o bien puede seguir siendo un espectador vacilante y pragmático en una escena épica de la historia. Una cosa parece bastante obvia: La Doctrina Obama no es la Doctrina Monroe.

 

La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org.
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