El presidente Barack Obama expuso anoche una ambiciosa agenda. Aquí tiene los puntos desatacados del análisis de nuestros expertos sobre sus afirmaciones, sus planes y sus promesas.
La respuesta a los sucesos de Newtown
Todos los americanos, sin importar cuáles sean sus orígenes o sus perspectivas políticas, aborrecen la muerte de seres humanos inocentes. Los asesinatos de Newtown así como otros recientes tiroteos contra grupos de personas nos han dejado impactados y por ello mostramos nuestras condolencias con quienes se unieron a la primera dama durante el discurso sobre el Estado de la Unión.
En la medida en la que tratamos de hacer que la sociedad sea más segura y más fuerte, se deben tener en consideración algunos factores constitucionales y culturales complejos. Como explicamos en un reciente documento, los responsables políticos deberían evitar hacer un juicio a la ligera sobre ciertas prescripciones que violan los principios fundamentales, ignorar el origen real de estos problemas tan complejos o no respetar las cuidadosas investigaciones realizadas por la ciencia social. Las soluciones más apropiadas residen en los niveles estatales y locales, en la comunidad y en el seno de la familia.
La Segunda Enmienda es una importante salvaguarda de la seguridad americana. Las leyes sobre armas deben ser constitucionales y deberían reflejar los resultados de las investigaciones sobre su efectividad a la hora de conservar la ley y el orden. En cuanto al énfasis que puso el presidente en el control de los antecedentes: El único modo de practicar unos controles universales de los antecedentes en el caso de las ventas privadas es si las autoridades policiales conocen qué armas de fuego están en posesión de ciudadanos privados. Y el único modo de saber qué armas de fuego están en posesión de ciudadanos privados es mediante la creación de un registro nacional de armas de fuego. Actualmente, la ley federal prohíbe que las autoridades usen los datos del sistema de control de antecedentes parar crear un registro nacional de armas de fuego, aunque ciertamente, hay algunos ávidos defensores del control de armas a los que les gustaría cambiar esa ley, pero eso supondría una amenaza real para los derechos de los propietarios de armas legales recogidos en la Segunda Enmienda.
John Malcolm, jurista titular asociado del Centro Edwin Meese III de Estudios Legales y Judiciales y Jennifer Marshall, directora del Centro Richard y Helen DeVos para la Sociedad Civil y la Religión
La “Experiencia de Votar” en Estados Unidos
El presidente Obama habló sobre los derechos de voto, afirmando que estamos “traicionando nuestros ideales” cuando cualquier americano tiene que “esperar cinco, seis o siete horas para simplemente depositar su papeleta”. Anunció una “comisión independiente para mejorar la experiencia de votar en Estados Unidos”. Su visión de algo “independiente” es colocar a dos letrados, uno de su campaña y otro de la campaña del exgobernador Romney, a cargo de la iniciativa. Y aunque puede que en 2012 hubiera algunos americanos que esperaron durante mucho tiempo para votar, la inmensa mayoría no tuvo que hacerlo. Un reciente estudio sobre las elecciones de 2012 indicaba que el promedio del tiempo de espera a nivel nacional era de sólo 14 minutos.
Ya tuvimos una comisión parecida para la reforma electoral allá por 2005, la Comisión Baker-Carter, cuyas averiguaciones fueron ignoradas en su mayor parte. Es especialmente complicado tener confianza en cualquier comisión que pudiera nombrar Obama, dado que su procurador general ha tratado de frenar las iniciativas para la reforma de las elecciones estatales, como por ejemplo “Voter ID”, pensada para mejorar la seguridad y la integridad del proceso electoral. Es más, puede que la comisión de Obama sea sólo un pretexto para poner en marcha las más recientes fantasías partidistas de los progresistas, como el registro automático del votante y el mismo día de las elecciones, unas supuestas reformas que suprimirían las mejoras reales y pondrían en peligro la integridad de nuestras elecciones.
Hans von Spakovsky, jurista titular asociado del Centro Edwin Meese III de Estudios Legales y Judiciales
La reforma “integral” de la inmigración
Bueno, la verdad es que lo veíamos venir. Otro llamamiento para una reforma integral de la inmigración. En su investidura comprendimos que nuestro camino no iba a terminar hasta que “encontrásemos un modo mejor de dar la bienvenida al empeño y las esperanzas de los inmigrantes que aún ven Estados Unidos como una tierra de oportunidad”. ¿Quién puede estar en desacuerdo con eso? El momento ha llegado, comentó. Y todos sabemos lo que se necesita hacer. ¿De verdad?
Durante mucho tiempo hemos defendido y llevado a cabo una amplia investigación acerca de distintas normativas que reformen la inmigración, pero una reforma integral no es el modo de proceder: No crea la oportunidad, la restringe. Por tanto, el mejor modo de proceder es dedicarse a solucionar los problemas, comenzando por donde haya una amplio consenso y trabajando hacia una reestructuración fundamental de nuestro sistema de inmigración para enfatizar el trabajo, la oportunidad y la asimilación de acuerdo con el Estado de Derecho. No hay ninguna razón para asumir (y muchas razones para dudar) que un “enfoque integral” sea el único modo razonable y justo de proceder con la reforma.
Dr. Matthew Spalding, vicepresidente de American Studies y director del Centro Kenneth Simon de Principios y Política
La renovada amenaza del terrorismo
Por desgracia, la declaración del presidente de que esta nación “rinde homenaje a quienes la defienden por todo el mundo” suena hueca en cuanto se considera el tratamiento dado por la administración al atentado terrorista de Bengasi. Nadie con sentido de la ironía habría puesto esa línea en el discurso. E incluso aunque la administración se haya dado golpes de pecho por la muerte de Osama bin Laden, al-Qaeda y sus socios están creciendo en el norte de África, en lugares como Libia y Mali. Hace sólo una semana, la embajada de Estados Unidos en Turquía fue objetivo de un atentado terrorista. Y todavía estamos revisando las desagradables consecuencias del atentado terrorista contra el consulado de Estados Unidos en Bengasi, de las que Obama ha tratado de escabullirse.
Hasta que esta Casa Blanca no esté dispuesta a rendir cuentas por sus acciones y sus falsos argumentos difundidos tras el atentado de Bengasi, su credibilidad sobre la cuestión del terrorismo continuará estando gravemente comprometida. Y con un presidente que, de forma miserable, no mostró responsabilidad alguna por los americanos que sufrieron el atentado, a este país aún le quedan por afrontar graves peligros.
Helle C. Dale, titular asociada para asuntos de diplomacia pública del Centro Douglas y Sarah Allison para Estudios de Política Exterior
Los estándares nacionales de educación: un mayor control federal sobre las aulas
“Necesitamos darle a cada estudiante americano oportunidades como esta. Hace cuatro años, comenzamos Race to the Top (Carrera a la cima), una competición que convenció a casi todos los estados para que desarrollasen planes de estudios mejores y unos estándares más elevados”.
De lo que estaba hablando el presidente era de los estándares educativos nacionales comunes o Common Core. Desde que llegó a Washington, la administración Obama ha estado utilizando el dinero federal para “convencer” a los estados y que estuvieran de acuerdo con la adopción de unos estándares nacionales de educación. Eso no sólo supone una enorme intromisión federal en las aulas de la nación, sino que existen otras diversas razones por las que los estados deberían estar preocupados acerca de esos estándares con respaldo federal. Dichos estándares son costosos. Los investigadores prevén que a los estados podría costarles un total de $16,000 millones el implementar los estándares. Además, los expertos han expresado su inquietud en torno a la mediocre calidad de los estándares. Algunos estados, como Massachusetts, incluso se han visto obligados a “bajar el nivel” de sus planes de estudios.
En vez de que el gobierno federal se apodere de los planes de estudios, los estados necesitan una mayor flexibilidad para poner en marcha las reformas que estimen más convenientes. Y más que servir a las necesidades de Washington, las escuelas deberían tener libertad para ayudar a que los niños triunfen.
Rachel Sheffield, investigadora asociada al Centro DeVos para Sociedad Civil y Religión
Afganistán
Quizá la declaración de política exterior más ridícula de la tarde de ayer fue la que se produjo cuando el presidente Obama dijo: “Y a finales del año que viene, nuestra guerra en Afganistán habrá acabado”. Se trata de una ingenuidad de un nivel muy peligroso. Una guerra no se acaba simplemente porque uno diga que se ha acabado. No corresponde exclusivamente al presidente Obama el decidir cuándo se termina la guerra de Afganistán. Los talibanes también tienen algo que decir, los pakistaníes tienen algo que decir, los afganos tienen algo que decir e incluso al-Qaeda tiene algo que decir al respecto. Si Afganistán es una cuestión de seguridad nacional, como se nos ha dicho y como creemos la mayoría, entonces el único acto responsable es asegurarse de que los objetivos de Estados Unidos se hayan alcanzado antes de llevar a cabo cualquier reducción de tropas apresurada. Después de todo, el fin de toda guerra es alcanzar unos objetivos, no abandonar tan pronto como sea posible.
Cualquier decisión que se tome para reducir el número de tropas debería estar basada en una mejoría de la situación sobre el terreno así como en el consejo militar, no en el deseo de acabar una guerra que, en cierta medida y con independencia de lo que piense Obama, se tendrá que seguir librando después de 2015.
Luke Coffey, investigador adscrito a la donación Margaret Thatcher del Centro Margaret Thatcher para la Libertad
Una política exterior en retirada
Algo que resultó muy sorprendente en torno a los comentarios de Obama fue el fuerte contraste entre su visión sobre la política exterior y sus recetas de política nacional. Aquí en casa, parece que hacer poco no es suficiente para constituir una “inversión”: según su forma de pensar, el gobierno existe para comenzar programas, gastar dinero, gravar a los ricos y hacer multitud de cosas.
Sin embargo, en el extranjero el gobierno existe mayormente para dejar de hacer cosas. Una de las grandes líneas del discurso del presidente fue la promesa de traer de vuelta a casa a las tropas de Afganistán y acabar la guerra, según la errónea creencia de que al-Qaeda ha sido derrotada. Obama reiteró su rancia promesa de confiar en la diplomacia para impedir que Irán adquiera un arma nuclear, un enfoque que ha sido probado hasta la extenuación por las sucesivas administraciones y que no es más que un programa basado en dar largas a un asunto. Su enfoque respecto a las armas nucleares fue, como era de prever, argumentar en pro de hacer menos y, frente a las evidencias norcoreanas e iraníes, suponer que la reducción del arsenal nuclear de Estados Unidos inducirá a que otros se comporten mejor. Y según las palabras del presidente, los ataque informáticos contra Estados Unidos parecen provenir de ningún sitio en particular; nombrar a China, entre otros, podría haber sido indiscreto, pero habría tenido la virtud de señalar que no se trata de una amenaza abstracta.
La apabullante impresión dejada por el discurso fue la de una política exterior en recesión y que confía en la retórica y en la promesa de futuras negociaciones para crear la impresión de que se actúa y de que se obtienen logros.
Dr. Ted Bromund, investigador titular asociado para las relaciones anglo-americanas del Centro Margaret Thatcher para la Libertad
Las “inversiones” en infraestructuras no cumplen con sus promesas
El presidente Obama tiene razón al señalar que las infraestructuras del país, es decir, sus puertos y vías navegables, carreteras y puentes, están viejas y en muchos casos “con una tremenda necesidad de reparaciones”. Unas infraestructuras extensas y en buen estado son cruciales para el comercio y para mantener al país a un nivel económico competitivo. Sin embargo, su programa para solucionarlo, el “Fix-It-First”, vuelve a apostar por las fallidas normativas del pasado: estímulos federales sin medios económicos para pagarlos.
Aun así, llevó a cabo otro intenso alegato en favor de las inversiones en infraestructuras (léase gasto) para alcanzar su visión de un “gobierno más fuerte”. Intenso (en el sentido irresponsable del término) puesto que tales estímulos federales no consiguieron hacer que la economía arrancase tras la implantación del paquete de estímulos de 2009 y volverá a fallar en el futuro.
El sector privado no acudirá a respaldar unos proyectos inviables financieramente, una realidad de la que el gobierno podría sacar alguna conclusión. Pero sorprendentemente, el presidente insiste en retomar este mecanismo de financiación con su nueva iniciativa “Partnership to Rebuild America”.
Emily Goff, investigadora asociada del Instituto Thomas A. Roe de Estudios de Política Económica
El Estado del…¿Clima?
Aupado al cargo hace cuatro años en parte por las promesas de ralentizar el aumento del nivel del mar, el presidente Obama inició entonces una agenda climática radical. Y parece que estamos viendo una repetición en 2013. Merece la pena preguntarse cuál es la diferencia cuatro años después de su primer discurso sobre el Estado de la Unión.
Ha habido cuatro años más sin calentamiento global. En 2010 se cumple más de una década sin que haya habido un incremento significativo de la temperatura mundial. Y la racha ya dura 16 años. Pero sí tenemos cuatro años más de costosas lecciones sobre el despilfarro y la ineficacia de los subsidios a las energías verdes.
La base científica para un cambio climático catastrófico se hace más y más débil. El argumento económico para los subsidios verdes ya se ha hundido. Así que es hora de que la administración deje de usar ambos argumentos para justificar una apropiación del poder fiscal y de regulación.
Dr. David W. Kreutzer, investigador asociado de economía energética y cambio climático del Centro de Análisis de Datos
“Balance” en el idioma de Obama
El discurso sobre el Estado de la Unión de anoche reflejó la ideología progresista del presidente Obama: Todo empieza con el gobierno. Sus propuestas para nuevas “inversiones” en la industria, las infraestructuras y demás, descansan sobre la falsa creencia de que sólo el gobierno puede averiguar cómo hacer que crezca la economía. De ahí por tanto sus programas “Fix-It-First” y “Partnership to Rebuild America”. Si el gobierno no lo hace, no sucede.
Cuando él afirma que sus nuevas propuestas de gasto no se sumarán al déficit, se comprueba que simplemente no lo entiende. El déficit es un síntoma del exceso de gasto, por tanto, es el gasto el que tiene que estar controlado.
Con un gobierno ahogándose en el papeleo, Obama le ofrece un salvavidas hecho de plomo: más gasto. Ya se ha embolsado un aumento tributario de $618,000 millones mediante el acuerdo sobre el abismo fiscal (además de $1 billón con los nuevos impuestos para Obamacare). Obama necesita aceptar que el verdadero “balance” tiene dos caras y que se empieza recortando el gasto.
Patrick Louis Knudsen, investigador titular adscrito a la donación Grover M. Hermann para Asuntos Presupuestarios Federales del Instituto Thomas A. Roe de Estudios de Política Económica
Obama culpa a los conservadores de lo que ocurra con los embargos de fondos
El presidente ha ejecutado el mayor acto de jiu-jitsu político de la era moderna. Su gente convenció a los líderes del Congreso para incluir el embargo de fondos en la Ley de Control Presupuestario y luego lo negó cuando este parecía impopular.
Ahora, el presidente mira con suficiencia a los conservadores y les dice: “Ojalá no tuvierais tanta carga ideológica, pues me dejaríais subir los impuestos (de nuevo) y ¡salvaría la Defensa!” Parece que no importa que sólo los conservadores hayan ofrecido soluciones, que sólo los conservadores vean como un problema el gigantesco gasto en los programas de derechos a beneficios (como hacen todos los economistas reconocidos) ni que de repente, los jefes del Estado Mayor Conjunto hayan por fin empezado a admitir el desastre que supondría el embargo de fondos para la preparación militar de nuestra nación.
La curioso es que el presidente les echará la “culpa” a los conservadores de lo que suceda. Pero la triste verdad es que quienes “pagarán” esto serán los jóvenes soldados que sean enviados a la próxima situación de conflicto con una mala preparación.
Steve Bucci, director del Centro Douglas y Sarah Allison de Estudios de Política Exterior
Los sufridos trabajadores de Estados Unidos
El presidente comentó que “durante más de una década, los sueldos y los ingresos apenas se han movido”. Y si el gasto y la deuda continúan creciendo al nivel actual, los sueldos y los salarios se hundirán debido a la mayor deuda que haya tenido Estados Unidos a lo largo de una década.
El creciente gasto y los enormes déficits públicos están amenazando con dar pie a un período de depresión del crecimiento y de menos oportunidades para los americanos. Sin unos recortes del gasto a nivel de embargo de fondos, se prevé que la deuda con garantía pública llegue a casi el 90% del PIB en 10 años. Unos niveles de deuda tan altos se asocian a un crecimiento significativamente menor durante un período de tiempo prolongado.
El presidente y el Congreso deberían balancear el presupuesto en 10 años llevando a cabo una reforma prudente pero necesaria de los programas de derechos a beneficios y recortar el gasto federal inapropiado, que en muchas ocasiones supone un auténtico despilfarro.
Romina Boccia, coordinadora de investigación del Instituto Roe de Estudios de Política Económica
La versión en inglés de este artículo está en Heritage.org.






