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  • Defensa: Mantener la fortaleza de nuestras fuerzas armadas

    América en riesgo #AR 11-01

    Después de que cayó el Muro de Berlín, muchos en Washington creyeron que Estados Unidos había entrado en un período de paz sin fin.

    Debido a ello, el tamaño de las fuerzas armadas se redujo, primero por el presidente George H. W. Bush y luego por el presidente Bill Clinton. A mediados de los años 90, el gobierno ejerció una forzada abstinencia de adquisiciones. Redujo el presupuesto de modernización y el ritmo al que se comprarían barcos, aviones, helicópteros, tanques y otro inventario — y estas reducciones fueron mayores que los recortes de personal.

    Sobreexplotación de las fuerzas militares con retroceso en la modernización

    Sin embargo, lo que sucedió fue que el final de la amenaza soviética no trajo la paz duradera. Parafraseando al secretario de Defensa Robert Gates, la historia no había acabado; solo se había congelado y en los años posteriores a la Guerra Fría se derritió con frenesí. El hecho es que, en los pasados 20 años, las fuerzas americanos han sido desplegadas a un ritmo  mucho más alto del nunca tuvo ni durante la Guerra Fría. América ha luchado en cuatro grandes conflictos regionales — en Bosnia, Kuwait, Irak y Afganistán. Está comenzando ahora un quinto conflicto en Libia. Además, el ejército se ha implicado en un número mareante de misiones, la mayor parte de las cuales habrían sido impensables durante la Guerra Fría.

    La mezcla de despliegues en aumento, estructura reducida de la fuerza y adquisiciones infradotadas está causando un declive de la capacidad militar de América. La Marina tiene menos barcos que nunca desde 1916. El inventario de la Fuerza Aérea es más pequeño y anticuado que desde la inauguración de este cuerpo en 1947. El Ejército ha perdido varias generaciones en el proceso de modernización y muchos de sus soldados están en su cuarta o quinta misión de servicio en Irak o Afganistán. Las Reservas han estado en constante movilización; muchos programas vitales, como la defensa antimisiles, sufrieron recortes; y en los pasados dos años, se han cancelado no menos de 50 programas de modernización.

    Las necesidades inmediatas son muchas

    De hecho, hay muy pocos programas grandes de modernización que estén aun activos en el Pentágono. Como resultado, todos los cuerpos militares tienen necesidades apremiantes que en gran medida se han quedado sin cubrir:

    La Fuerza Aérea debe reemplazar el inventario de cazas, desarrollar nuevos aviones de carga y cisterna, construir un nuevo bombardero e incrementar la capacidad de ataque de largo alcance.

    La Marina debe aumentar el número de submarinos, mantener el número de portaaviones, desarrollar un nuevo crucero, reemplazar el inventario de aviones en las plataformas de los portaaviones, comprar más destructores y hacer suyo el requisito de nuevos buques de combate litoral.

    El Ejército debe, como mínimo, mantener el número de tropas en los actuales niveles así como modernizar y reemplazar su inventario de vehículos de combate y adquirir un helicóptero de ataque de siguiente generación — todo ello apoyado por una red de comunicaciones del campo de batalla que sea más robusta y segura.

    Los Marines deben recuperar su capacidad anfibia y adquirir reemplazos tanto para los Harrier como los A-10, dedicando suficientes fondos a la reparación y reemplazo de equipo desgastado tras una década de guerra.

    Además, la arquitectura de satélites espaciales de América está envejeciendo y necesita ser sustituida. Se debe recuperar lo que se ha reducido en defensa antimisiles. Y la Guardia Nacional y las Reservas — las cuales son crecientemente vitales para las capacidades militares de América — necesitan equipo renovado.

    Vale la pena repetirse que estos no son lujos para el Pentágono. Cualquier programa cuyo valor pudiera cuestionarse realmente — como la plataforma Crusader del Ejército o el destructor DDG-1000— ya se cerró tiempo ha. Los programas ahora en la cuerda floja son plataformas sin las que Estados Unidos perderá capacidades básicas, como superioridad aérea, presencia global o capacidades anfibias.

    Los expertos en defensa no se ponen de acuerdo en cuánto debe aumentarse el presupuesto de adquisiciones y modernización para financiar estas necesidades básicas, pero hay consenso en que hace falta más dinero. El secretario de Defensa Gates ha pedido un aumento del presupuesto de modernización. La Oficina de Presupuesto del Congreso dijo que el presupuesto está claramente infradotado y que el Departmento de Defensa está minusvalorando el costo de los planes que está considerando hoy.

    Anteriormente este año, un grupo selecto de estudio creado por el Congreso, presidido por el ex secretario de Defensa Bill Perry y el ex asesor de seguridad nacional Steve Hadley, revisó los planes estratégicos del Pentágono. El grupo consideró, de forma unánime, que los ejércitos no pueden defender los intereses vitales de Estados Unidos a no ser que su tamaño aumento y su inventario sea renovado. El grupo recomendó que los ahorros de otros capítulos del presupuesto militar se dedique a la recapitalización del inventario. También consideró que sería necesaria financiación sustancialmente mayor de la defensa y advirtió explícitamente que “tendríamos un desastre inminente en los cuerpos militares si no se revertían las tendencias actuales.

    Washington gasta en todo menos en defensa

    Sin embargo, Washington está reduciendo, no aumentando, lo que proyecta gastar en la defensa. El Congreso en realidad redujo la petición de la administración para este capítulo en el ejercicio fiscal 2011 — un hecho sin precedentes en tiempo de guerra— y el presidente Obama recientemente opinó que se podrían recortar otros $400,000 millones del presupuesto de defensa en los próximos diez años.

    Estas acciones han tenido lugar sin mucho debate y ciertamente sin el concienzudo análisis de la seguridad nacional que en tiempos más razonables se habrían considerado requisito para las grandes reducciones del presupuesto de defensa.

    Muchos que en Washington han apoyado las reducciones de defensa lo han hecho en respuesta a enormes e insoportables déficits federales. Es cierto que la presión del presupuesto federal es inmensa, peor la razón es que el gobierno ha pedido prestado billones de dólares en años recientes a la vez que de alguna forma logró descuidar su principal responsabilidad constitucional que es proveer adecuadamente para la defensa nacional. La ley de estímulo de $787,000 millones, por ejemplo, no aportó ni un centavo para modernización y adquisición militares, incluso aunque un tercio de ese dinero (empleado juiciosamente en los próximos 5 a 10 años) revertiría el declive actual. Tras la orgía de gasto de años recientes suena falso que el Congreso y el presidente digan que hay tan poco dinero que nuestros militares tienen que usar equipo obsoleto y poco fiable.

    En cualquier caso, Washington es plenamente consciente de que el gasto en defensa no es la causa de la crisis del presupuesto. Incluso si se redujera el presupuesto de defensa otros $400,000 millones en los próximos 10 años —la cifra fantasiosa recientemente presentada por el presidente— no se reducirían los déficits proyectados ni siquiera un 2%. Por supuesto que hay cosas en el presupuesto del Pentágono donde mejorar la eficiencia, pero como concluyó la Comisión Perry-Hadley, ese dinero debería pasarse al presupuesto de modernización.

    Mantener la presencia americana en el mundo

    Finalmente, hay algunos que creen que la defensa debería recortarse porque América tiene ya demasiados compromisos globales. Ciertamente, todos —especialmente aquellos con preocupación concreta por la capacidad y grado de preparación militar— quisieran ver reducir la carga sobre nuestros militares. Pero el hecho es que en los pasados 20 años cuatro presidentes distintos representando a los dos grandes partidos políticos y que asumieron sus cargos con muy diferentes visiones de política exterior, no sólo han mantenido los compromisos y misiones que heredaron sino que han añadido más todavía de forma constante. En la abrumadora mayoría de los casos, sus decisiones de desplegar el poder militar americano recibieron sustancial consenso bipartito en el Congreso.

    El mejor ejemplo es el actual presidente. Si se creía probable que algún presidente, a partir de sus expresados puntos de vista, redujera la presencia del ejército americano en el mundo, ése era Barack Obama; sin embargo, durante sus dos años en el cargo, el presidente Obama ha continuado todas las misiones empezadas por sus antecesores, ha incrementado el número de tropas en Afganistán y ahora ha ordenado una nueva misión en Libia de alcance indefinido.

    Es difícil no llegar a la conclusión de que América adoptó estos compromisos globales no tanto por la orientación particular de la política exterior del presidente que las ordenó sino porque compartía la percepción – aunque desgraciadamente no lo digan – de que eran necesarias para proteger intereses vitales de América.

    Quizá esa percepción no es válida. Quizá Estados Unidos no tiene intereses vitales en la guerra global contra el terrorismo, o en frenar las ambiciones iraníes, o en contener el poder chino, o en evitar que los norcoreanos usen sus misiles nucleares, o seguir apoyando la OTAN, o proteger el acceso a las vías marítimas y el espacio aéreo internacional, o cualquiera de la miríada de misiones que cada día lleva a cabo el ejército americano. Pero la evidencia sugiere lo contrario de forma clara y la peor opción es la que ahora está siguiendo América: meterse en compromisos globales sin mantener las capacidades necesarias para cumplir con esos compromisos. Eso es muy injusto con los hombres y mujeres que nos protegen y altamente peligroso para el pueblo americano. Como ha dictaminado el grupo de estudio Perry-Hadley, nos “llevará a un clima global crecientemente inestable y hostil y en algún momento a conflictos que América no puede ignorar, en los que que deberá participar con opciones limitadas bajo circunstancias desfavorables — y donde lo que está en juego es mucho más de lo que nadie quisiera”.

    James Talent es miembro distinguido de la Fundación Heritage especializado en Asuntos Militares y fue senador de Estados Unidos entre 2002 y 2007.
    La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org.

     

    Posted in Análisis, Defensa, Estudios, Gobierno de Estados Unidos, Liderazgo Americano, Opinión, Proteger a América, Seguridad