Nuestra Visión:
Forjar un Estados Unidos donde la libertad, la oportunidad, la prosperidad y la sociedad civil florezcan.

 
 
 

Saliendo de la alienación

17 / 01 / 2011

Ahora que conmemoramos el día de Martin Luther King, es apropiado reflexionar sobre la traumática historia de los afroamericanos en este país. Si echamos la mirada atrás para analizar la historia afroamericana de cuatro siglos, dos cosas quedan innegablemente claras: la primera es que durante la mayor parte de la historia de Estados Unidos, se maltrató terriblemente a los afroamericanos; la segunda es que el país ha evolucionado enormemente desde que los primeros esclavos fueron traídos a la primera colonia inglesa en lo que es hoy Estados Unidos, Jamestown, en 1619.

Lo más asombroso, en cuanto al avance hecho, ha sido el cambio sísmico en la actitud popular hacia los afroamericanos desde que el movimiento de derechos civiles comenzó a dar sus primeros pasos. Es difícil creer que la serie de televisión Mad Men nos pinte un mundo que existía hace menos de cincuenta años.

Sin embargo, a pesar de todo el progreso que ha hecho el país – la abolición de la esclavitud, el final de la segregación y el cambio de actitud – no todos se declaran inspirados por esta admirable historia de superación. La persistencia de rígidas disparidades socioeconómicas entre americanos blancos y afroamericanos, los increíblemente altos índices de encarcelamiento de hombres afroamericanos y la desolación en muchos centros urbanos han llevado a muchos a “deleitarse en el valle de la desesperación”, por tomar prestada una frase del discurso más famoso del Dr. King – Yo tengo un sueño.

A su vez, esa desesperación ha alimentado una crítica radical contra Estados Unidos que es cada vez más frecuente entre académicos y activistas especializados en relaciones raciales. Ellos nos dicen que Estados Unidos se fundó sobre un contrato racial que excluye a todos los varones no blancos. Como explicó Thurgood Marshall, el primer magistrado afroamericano de la Corte Suprema de Estados Unidos: “la imperante opinión de los fundadores con respecto a los derechos de los negros en América” era, y aquí el juez cita como alegato la infame decisión de la Corte Suprema de 1857, Dred Scott, que los negros “no tenían ningún derecho que el hombre blanco tuviera que respetar; y que el negro podría de forma justa y legal ser reducido a la esclavitud por su beneficio”. A partir de allí todo es línea recta a la conclusión alcanzada por John Hope Franklin, autor de la historia afroamericana estándar, From Slavery to Freedom, (De la esclavitud a la libertad): “La segregación racial, la discriminación y la degradación… se derivan lógicamente del legado que los Padres Fundadores confirieron a la América contemporánea”.

Mientras que el Dr. King nos recordaba que el país se construyó sobre la “promesa de que todos los hombres, sí, tanto hombres negros como hombres blancos, tendrían garantizados los derechos inalienables de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”—derechos que fueron identificados en la Declaracion de Independencia, hay voces importantes hoy en día que rechazan la Declaración y la Constitución por ser documentos racistas y que se apartan del objetivo tradicional de la integración. Estas voces afirman que, si América está forjada sobre una base de ideas racistas, entonces no hay posibilidad de un verdadero cambio dentro de las condiciones existentes y la solución a la difícil situación afroamericana debe estar más allá de este país tal y como es ahora. Por tanto, América debe ser fundamentalmente transformada si la promesa de la justicia para todos ha de cumplirse.

Esta crítica de América, que alimenta la desesperación entre americanos negros empobrecidos, es particularmente perniciosa porque fomenta una alienación incluso más profunda entre aquellos que más necesitan creer en el Sueño Americano para mejorar su situación en la vida. De hecho, es muy difícil ver cómo se podría sostener la necesaria meta de mirar hacia arriba para sacar a los negros de una endémica pobreza urbana si aquellos que más necesitan ayuda han aceptado la idea de que Estados Unidos no es lugar para ellos. Esta crítica solo sirve para empeorar los problemas a los que se rehúsa dar solución.

Hoy, al conmemorar a Martin Luther King, tenemos el deber moral de reafirmar la promesa de justicia para todos que está en el núcleo de la fundación americana, y presentar nuestros argumentos defendiendo la fe en la integración en América. Para ello, recurriremos a un ex esclavo: El  gran abolicionista del siglo XIX y abogado infatigable de la igualdad cívica y política, Frederick Douglass.

Como nos explica Peter Myers en un ensayo sobre los principios fundacionales hecho para nuestra Fundacion y titulado Frederick Douglass’s America: Race, Justice, and the Promise of the Founding (La América de Frederick Douglass: Raza, justicia y la promesa de la fundación):

 

Douglass sigue siendo el invencible adversario sin par de la desesperación y el desafecto raciales – el gran ejemplar y apóstol de la esperanza en la promesa americana de justicia para todos. En el meollo de todo lo que él aprendió y enseñó se hallan estas simples ideas: que los principios de los derechos naturales personificados en la Declaración de Independencia eran universales y permanentemente ciertos; que la gloria eterna de la fundación de Estados Unidos se funda en su dedicación a esos principios; y que la salvación de la nación está en que se dedique nuevamente a ellos.

 

Myers continúa y recuenta la historia de cómo Douglass, que como ex esclavo inicialmente estuvo del lado de los abolicionistas de aquellos días en su rechazo por América y su Constitución “por apoyar y perpetuar este monstruoso sistema de injusticia y de sangre” pero que finalmente descubrió en sí, gracias a un estudio cuidadoso de la fundación, una “fe incontenible en América”. En la dedicación de América a los principios de derechos humanos naturales dispuestos en la Declaración de Independencia, Douglass encontró razones para amar e identificarse con su país, a pesar de las injusticias que él y su gente habían sufrido.

El inspirador periplo de Douglass que va desde la alienación hasta “una esperanza racionalmente fundada” debería servir de acicate a todos nosotros que creemos en Estados Unidos y su dedicación – a veces poco firme pero finalmente siempre triunfante – a la igualdad natural de hombres.

 

Este artículo está disponible en inglés en Heritage.org

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