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América ha llegado a un punto de inflexión.
El gobierno federal ha crecido de forma exponencial, no solamente en el asunto del gasto (de aproximadamente $20,000 por hogar en el año 2000 a una subida de $31,000 en la actualidad), sino en su radio de acción.

El gobierno federal se mete prácticamente en todos los aspectos de nuestra vida diaria, desde el tipo de sanitario que podemos comprar, a la mezcla de combustible que podemos poner en nuestros automóviles, hasta la clase de foco que podemos utilizar.
La política del Gobierno han entorpecido la producción energética doméstica mientras gasta miles de millones de dólares de dinero del contribuyente en subsidios a la energía alternativa, reflejando así la fe elitista, “progresista”, de que los burócratas pueden escoger ganadores y perdedores mejor que los mercados privados. Como consecuencia, la energía es demasiado cara y nos hemos vuelto demasiado dependientes de recursos extranjeros. Y ahora, se ha dado poder a burócratas por los que nadie votó en las urnas para que estipulen qué servicios médicos compraremos, cómo y de quién los recibiremos.
La excesiva intervención del Estado no solamente limita las libertades individuales, ahoga la creatividad emprendedora y la creación de empleo, aprisiona a los pobres en una vida de dependencia y pobreza y limita la capacidad de poder escalar socialmente a esforzados ciudadanos americanos. Además de todo eso, el gobierno federal ahora domina esferas de actividades reservadas tradicionalmente a los estados, dejando poco o nada de la innovación a los estados en áreas de política de actuación como educación, transporte, atención médica, asistencia social e incluso en seguridad pública. El ritmo de la expansión ha sido asombroso. Mi colega Bill Beach sintetizó así lo sucedido en el año 2009:
El gobierno federal no solamente asumió a todos los efectos el control de la mitad de la economía de Estados Unidos y amplió la deuda del sector público más que todas las administraciones anteriores juntas, también gestionó la mayor expansión en un solo año de la deuda total del Estado en la historia de Estados Unidos.
El rápido crecimiento del dominio y radio de acción federales es, en el mejor de los casos, alarmante. Cada vez son más los americanos que se preguntan si sus hijos heredarán un futuro mejor, e incluso si todavía es posible lograr el sueño americano trabajando duro. En uno de muchos indicadores como esos, la Organización Gallup revelaba que los americanos son más pesimistas sobre su futuro ahora que en cualquier otro momento desde la época de Carter y el “malestar” a finales de los años 70.
Puede que esta valoración sea sombría, pero es ciertamente razonable. Un estudio reveló que, durante los primeros cuatro meses de 2009, menos de la mitad de los graduados universitarios menores de 25 años estaban trabajando en puestos que exigieran tener educación universitaria. Otras recientes tendencias auguran un futuro negro en términos de prosperidad y seguridad nacional.
Los pagos de los intereses de la deuda nacional se triplicarán durante los próximos 6 años, hasta llegar aproximadamente a $600 mil millones anuales. Eso es más que todo el gasto combinado del Congreso en educación, energía, transporte, vivienda y protección del medio ambiente – y más de la mitad de estos pagos irá a inversionistas extranjeros.
En el Índice 2010 de Libertad Económica, Estados Unidos cayó de la categoría de las naciones con economía “libre” debido principalmente a una deuda excesiva, el gasto y la presión fiscal. ¿Cuán grave es nuestra situación fiscal? En mayo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) tomó la extraordinaria medida de colocar a Estados Unidos en su lista de observación de naciones que se han extralimitado con su deuda. El FMI exhortó a los legisladores de Estados Unidos a que reduzcan la deuda del Estado en cientos de miles de millones de dólares anualmente o la nación se enfrentará sin duda alguna a una catástrofe económica.
El Índice de Dependencia del Estado a nivel nacional muestra que la dependencia del Estado que experimentan los americanos para todo – desde alimento, albergue, hasta atención médica – aumentó el año pasado a un ritmo más rápido que en más de tres décadas. Nuestro creciente Estado del Bienestar ahora dispensa un billón de dólares anualmente a decenas de millones de americanos sin pedir nada a cambio. Como están estructurados actualmente, estos programas han conseguido socavar la unidad de la familia (esa pieza fundamental de la sociedad) y de valores americanos tan preciados como la responsabilidad personal y la virtud de trabajar.
Nuestro estado de preparación militar ha decaído debido a que hemos padecido una forzada abstinencia de compras que empezó en los años 90. Hoy en día, el tamaño de la flota de la Marina americana está en su punto más bajo desde 1916. Sí, exactamente, desde 1916, la era antes de la Primera Guerra Mundial cuando Estados Unidos aspiraba a ser una potencia regional. Los aviones tácticos y los bombarderos B-1 Lancer tienen más de 20 años como promedio mientras que los aviones cisterna KC-135 son prácticamente artefactos históricos con 44 años en su haber. No es de extrañar que un prestigioso comité de expertos en seguridad nacional concluyese recientemente que, ya que no hay un esfuerzo concertado para reconstruir nuestras fuerzas armadas, Estados Unidos se abocaba a un desastre en su seguridad nacional.
Pero no todo es pesimismo. Estados Unidos ya se ha tenido que enfrentar a desafíos similares en el pasado y los ha superado. La reacción negativa tan aplastante de la opinión pública americana ante la reciente explosión de activismo del Estado en realidad nos anima a pensar que nunca rebasaremos ese punto de inflexión. Como mi colega Matthew Spalding ha escrito:
Hay un no sé qué acerca de una nación fundada en principios, un no sé qué único en su política que a menudo se ve relegado a un segundo plano pero que nunca desaparece. La mayor parte del tiempo, la política americana se ocupa de temas locales y de un pequeño puñado de asuntos de política de actuación que encabezan la agenda nacional. Pero, de vez en cuando, el asunto son los votantes que dan un paso atrás para tener un mejor panorama mientras evalúan el presente a la luz de nuestros principios fundacionales. Es por eso que todas las elecciones importantes en momentos críticos de la historia de Estados Unidos, al final siempre se reducen a un debate sobre el significado y la trayectoria de América….
La creciente oposición al gasto y la deuda galopantes así como contra la inminente toma de control por el Estado del sistema de salud… puede significar que [los americanos] están listos para volver a exigir al Estado límites claros, implementables….
Para hacerlo, los conservadores deben… presentar una opción clara: Seguir el curso del progresismo de izquierdas, que se aleja del consentimiento popular, del Estado de Derecho y del gobierno constitucional, que nos lleva hacia una forma fallida, no democrática e iliberal de estatismo; o corregir el rumbo tratando de restablecer las condiciones de la libertad y de reavivar los principios básicos y la sabiduría constitucional que constituyen las raíces de la ininterrumpida grandeza de América.
Y concluye diciendo que: “El pueblo americano está listo para tomar la decisión correcta”.
Por supuesto que es así. Páginas y páginas de datos de encuestas confirman que los americanos quieren que nuestros líderes en la administración adopten cambios en su política de actuación que sea acorde con la visión de la Fundación Heritage para construir una América en la que la libertad, la oportunidad, la prosperidad y la sociedad civil florezcan.
Grupos mayoritarios de americanos creen que:
- América es una nación excepcional, digna de preservarse y de ser defendida; la mejor manera de lograrlo es a través de la fortaleza militar;
- Las virtudes de América son tales que, cuando un inmigrante se establece aquí, éste debe adoptar nuestra cultura, valores y legado en lugar de quedarse aislado en la cultura, legado e idioma de su país de origen;
- El Estado tiene demasiado poder, despilfarra demasiado dinero y no es un ente en el que se pueda confiar para atender las prioridades correctas; por lo tanto se debería reducir su tamaño y limitar su radio de acción;
- Cuanto más cerca del ciudadano esté la administración, con mayor eficacia gastará los dólares del contribuyente; en otras palabras, el gobierno federal despilfarra más que nadie; los gobiernos estatales algo menos y los gobiernos locales son los que menos despilfarran dólar por dólar el dinero del contribuyente.
- Las regulaciones del Estado por lo general tienen efectos contraproducentes y generan consecuencias inesperadas, bien sea reduciendo la calidad y aumentando el costo de nuestra atención médica o perjudicando a las empresas en otras áreas de la política de actuación;
- La mejor manera de promover la creación de empleo y el desarrollo económico es con una presión reguladora más ligera que incluya aliviar la carga de las regulaciones medioambientales;
- El Estado no debe utilizar su poder para escoger ganadores y perdedores, bien sea a través de una política que dé preferencias a sindicatos, ciertos grupos raciales, abogados litigantes, buscadores de subsidios corporativos, u otros entes con conexiones políticas;
- A los que reciban asistencia social se les debe exigir trabajar a cambio de sus beneficios; y
- Los jueces deben tomar decisiones basándose en lo que está escrito en la Constitución o claramente detallado en la ley, no en base a sus propios puntos de vista y a sus sentimientos.
Una agenda con una política de actuación fiel a este sentir se ganaría el respaldo del pueblo americano y restituiría la grandeza americana de forma coherente con los principios fundacionales de nuestra nación.
Lo que viene a continuación en estas páginas es una agenda integral de política de actuación elaborada por un equipo de expertos de la Fundación Heritage. En ella, nuestros expertos identifican la naturaleza y el alcance de nuestros más acuciantes problemas en 23 áreas distintas de política de actuación y hacen 128 recomendaciones específicas a tener en consideracion por el Congreso.
Puede que estas recomendaciones suenen demasiado ambiciosas o poco realistas para algunos. Pero considere que rara vez, si alguna, nuestra nación se ha enfrentado a desafíos tan profundos como los descritos anteriormente. Ahora no es el momento para ofrecer propuestas tímidas o “pensar en pequeño”. Nuestra nación está en una trayectoria insostenible.
Se necesita una política sólida y ambiciosa para reactivar a América.
Aspectos Destacables:
- Ponerle un estricto tope al gasto federal en general y limitar a la inflación y al crecimiento demográfico su incremento futuro de un año a otro. El gasto federal está en una trayectoria insostenible porque carecemos de un mecanismo que obligue al Congreso a vivir dentro de ciertos límites acordados de gasto. Un tope vinculante obligaría a los legisladores a tomar las decisiones difíciles que hacen falta para recuperar la cordura fiscal.
- Exigir que los 3 programas más grandes de derechos a beneficios – Medicare, Medicaid y el Seguro Social – se ciñan firmemente a los presupuestos aprobados por el Congreso. Si el Congreso alguna vez va a controlar el gasto, entonces debe acabar con la era de los derechos a beneficios ampliables. Actualmente, el gasto de los 3 grandes aumenta con el piloto automático en marcha, crece año tras año automáticamente. El gasto de los derechos a beneficios debe entrar en el proceso presupuestario del Congreso. Los legisladores deberían establecer un presupuesto quinquenal para estos programas e incluir mecanismos de protección, como detectores, que automáticamente mantengan el gasto dentro de los límites aprobados por el Congreso.
- Reavivar el federalismo. El gobierno federal ha usurpado el papel tradicional de los estados en áreas como transporte, educación, salud (especialmente Medicaid), seguridad interior y seguridad pública. Washington tiene que ceder amplias competencias– y los fondos que van con ellas – a los estados dispuestos a asumir nuevamente el protagonismo en estas áreas.
- Limitar el insostenible crecimiento del gasto en asistencia social y exigir a los beneficiarios que den algo a cambio. El gasto agregado en asistencia social se acerca ya al billón de dólares anuales y hace más daño que bien. El Congreso debería tratar de forma integral los 71 programas de ayuda social según los ingresos, como una categoría diferenciada del gasto federal y ponerle un tope anual que vaya a la par con la inflación al crecimiento del gasto en asistencia social de un año a otro. Esto obligará al Congreso a tomar en consideración nuevos planteamientos que realmente puedan ayudar a los pobres a salir de la pobreza. Con este fin, el Congreso debería exigir a los adultos físicamente aptos a ver una parte de ciertos beneficios sociales como préstamos que tendrán que devolver y no como una dádiva sin límites que paga el contribuyente.
- Pagar a los empleados federales sueldos y beneficios comparables a lo que ganan sus homólogos en el sector privado. La remuneración del empleado federal es demasiado generosa. Los sueldos totales – horas trabajadas más beneficios – están de un 30% a un 40% por encima de lo que cobran los empleados del sector privado. Al llevar la remuneración federal al nivel que paga el mercado, el Congreso le ahorraría al contribuyente aproximadamente $47 mil millones al año.
- No hacer daño. Las subidas de impuestos, especialmente las que se imponen a los pequeños empresarios (nuestras personas más productivas y emprendedoras) siempre son contraproducentes. Subir los impuestos durante una recesión es una receta para paralizar el desarrollo económico y la creación de empleo. Mantener la presión fiscal al nivel actual es lo mínimo que el Congreso debería hacer.
- Fomentar la inversión y la creación de empleo. Reducir la tasa impositiva máxima a las utilidades empresariales – la segunda más alta de todas las naciones industrializadas – y permitir que las empresas deduzcan inmediatamente las inversiones en nuevas instalaciones y equipamiento. Estos dos cambios en el código tributario desencadenarán la inversión más productiva y crearán la mayor parte de los empleos en el sector privado. Específicamente, los legisladores deberían colocar la tasa impositiva máxima a las utilidades empresariales a la misma altura que impera en los países de nuestros 30 socios comerciales más grandes – alrededor del 25%.
- Liberar del pago del impuesto sobre la nómina a los adultos mayores con empleo. Como parte de la amplia iniciativa para reformar los programas de derechos a beneficios, los adultos mayores que deseen trabajar más allá de la edad de jubilación deberían verse libres de la obligación de pagar el impuesto sobre la nómina del Seguro Social. Los empresarios que quieran conservar o contratar a estos trabajadores mayores deberían estar exentos de pagar la parte del impuesto FICA que paga el empleador.
- Invertir en la paz a través de la fortaleza . La forma más segura de evitar las agresiones y reforzar la diplomacia americana es teniendo una sólida fuerza militar. Para lograrlo, es hora de declarar el fin de la forzada abstinencia de compras del Pentágono. El Congreso debe renovar nuestras fuerzas armadas, en especial nuestra mermada flota naval y las neurálgicas defensas antimisiles.
Los tiempos peligrosos exigen medidas audaces. América está en un punto de inflexión. Seguir por la presente senda de un gobierno central en constante expansión nos hundirá en un abismo estatista de libertades perdidas, de oportunidades que se esfumaron y de moribundos prospectos de un mañana mejor. Pero nuestra nación puede corregir el rumbo como ya lo ha hecho a menudo en el pasado.
En el movimiento Tea Party a lo largo y ancho del país, millones de americanos han comenzado el proceso, uniéndose en torno a la visión de los Fundadores. La política de actuación plasmada en estas páginas está calculada para convertir esa visión en una realidad, para forjar un Estados Unidos en la que la libertad, la oportunidad, la prosperidad y la sociedad civil florezcan de nuevo.
Edwin J. Feulner
Presidente de la Fundación Heritage













