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Con la Navidad a sólo una semana y el nuevo año casi encima de nosotros, el Congreso ha estado a punto de otro potencial cierre del gobierno y una vez más ha mostrado su incapacidad para hacer recortes sustantivos del gasto y dar al pueblo americano las reformas necesarias para asegurar el futuro fiscal de Estados Unidos. En vez de elaborar un presupuesto a tiempo mediante procedimientos estándar, los líderes del Congreso una vez más se acercaron muchísimo a la fecha límite y alcanzaron un acuerdo sobre un paquete “mega-ómnibus” de nueve leyes de asignación presupuestaria por un billón de dólares que, tristemente, es otro decepcionante fracaso en lo referente a contener el gasto gubernamental.
Patrick Louis Knudsen, experto de la donación Grover M. Hermann para los Asuntos Presupuestarios Federales en la Fundación Heritage, comenta que el acuerdo, cuya votación se espera hoy, se queda cortísimo a la hora de infundir disciplina fiscal en Washington y, lo que es igualmente preocupante, “permite a todos votar por algo que les guste, con los contribuyentes pagando la factura”:
La principal medida ómnibus, formalmente el Proyecto Final de Ley para Asignaciones Consolidadas (H.R. 3671), gasta un total de $914,800 millones en autoridad presupuestaria anualizada (BA) para el ejercicio fiscal 2012, que comenzó el 1 de octubre. (Las agencias federales de las que se ocupan los nueve proyectos de ley han sido financiadas hasta ahora por resoluciones temporales del Congreso.)
Cuando se añada esta legislación a las tres leyes de gasto ya promulgadas, la autoridad presupuestaria discrecional conferida será en su conjunto de $1.0429 billones para el año fiscal. Esto es en esencia igual que el ya hinchado límite de $1.043 billones de la irónicamente denominada Ley de Control Presupuestario —el resultado del debate del límite de la deuda de este verano— y son $31,600 millones más que la resolución aprobada por la Cámara de Representantes.
Knudsen explica que mientras que el acuerdo mega-ómnibus es gasto por encima del límite, se queda corto en otras áreas. Fundamentalmente, proporciona demasiado poco dinero para la seguridad nacional. Los $518,000 millones para defensa que hay en el acuerdo es justo algo ligeramente por encima de los niveles de 2011 y muy por debajo de los $530,000 millones aprobados por la Cámara anteriormente este año — que también era inferior a lo que se necesita para mantener las capacidades de la defensa de Estados Unidos.
Y aunque algunos podrían vender la cifra de los $1.043 billones como una victoria, el precio no representa verdaderamente lo que el Congreso se gastará. Además del acuerdo mega-ómnibus, escribe Knudsen, la Cámara considerará otra medida de $8,100 millones adicionales para alivio de “desastres” para pagar los pasados sucesos del huracán Irene o incluso, créanlo o no, ¡el huracán Katrina! Y, cuando se considera conjuntamente con anteriores cantidades reservadas para gasto, esto lleva el gasto en desastres a $10,400 millones más, por encima de los límites de gasto de la enorme BCA. Heritage explica que estos fondos para desastres son un mal uso de los dólares del contribuyente. Aún más, aunque el acuerdo intenta pagar esos gastos con compensaciones en otros lugares del presupuesto, Knudsen dice que estas medidas compensatorias probablemente no lleguen a ocurrir, lo que significará que el gasto de Washington se incrementará, como es lo usual.
Y eso es la razón por la que es tan decepcionante el plan. Han pasado unos 1,000 días desde que el Senado aprobó un presupuesto — está claro que la disciplina fiscal no surgirá de esa cámara en el próximo futuro. Y la Cámara, que en abril aprobó una resolución presupuestaria que habría llevado a Estados Unidos a un mejor rumbo fiscal, empezó el año con grandes expectativas. El nuevo liderazgo en Washington, que impulsó la oleada del Tea Party en 2010, prometió ser un serio custodio del tesoro del pueblo. Con la propuesta mega-ómnibus de la pasada noche, los que estaban ansiosos por enderezar la nave de la fiscalidad han sido silenciados por unos líderes que prefieren un gobierno más grande, un mayor gasto y escabullirse con un paquete de asignaciones presupuestarias que se queda corto al gastar muchísimo.
La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org.











