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Un día de “agradecimiento y oración en público”

24 / 11 / 2011

 

 

 

La mayoría de nosotros ha escuchado o leído al menos parte de la Proclamación de Acción de Gracias de Abraham Lincoln en algún momento. Pero incluso los que la han oído muchas veces pueden no darse cuenta de dos importantes aspectos de este importante documento.

El primero es el momento en que se hizo: El 3 de octubre de 1863. La nación había sufrido ya dos años de atroz carnicería en los campos de batalla de la Guerra Civil americana. Y aunque Gettysburg y la toma de Vicksburg parecieron señalar un cambio de tendencia a favor de la Unión, no se veía aún la luz al final del túnel. De hecho, se derramaría mucha más sangre en los meses siguientes.

Y sin embargo el presidente Lincoln se detuvo en ese momento de inimaginable crisis no solo para exhortar a los americanos a que diesen gracias, sino que se dieran cuenta de lo bendecida que había sido nuestra nación. “El año que está llegando a su fin ha estado pleno de bendiciones con fértiles campos y benéficos cielos”, dice la primera frase. Lincoln enumera estas bendiciones en términos tan intensos y elevados que uno casi podría olvidar que éstabamos en uno de los momentos más negros de nuestra nación.

Casi 150 años después, es hora de hacer un chequeo de perspectiva. Si Lincoln podía alentar a sus conciudadanos a dar gracias en una etapa tan sombría, ¿cómo puede alguno de nosotros quejarse de su suerte? ¿Cómo podemos leer encuestas indicando que nuestros mejores días ya pasaron, que todo lo que podemos hacer es gestionar nuestro “inevitable” declive? Qué sinsentido.

Esto no quiere decir que no tengamos dificultades. Las tenemos y son serias dificultades. Y no, la respuesta no es forzar una falsa sonrisa y pretender que todo está estupendo. Necesitamos hacer lo que las pasadas generaciones han hecho: abordar directamente nuestros problemas, arremangarnos y ponernos a trabajar hasta acabar la tarea. Cometemos errores y aprendemos de ellos, pero ¿rendirnos? No. Tal actitud derrotista no es digna de un pueblo libre.

El segundo aspecto de la proclamación de Lincoln que ha veces se olvida es la razón dada para la festividad. Dar gracias, sí, pero no solo de forma general — dar gracias a Dios. “Ninguna mente humana ha diseñado ni ninguna mano mortal ha construido estas grandes cosas”, escribe Lincoln. “Son los gentiles dones del Altísimo que, aunque se molesta con nosotros por nuestros pecados, a pesar de todo tiene muy presente la misericordia”.

Hey, espere un momento. ¡Que alguien llame a la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU)! ¿Qué tan políticamente incorrecto puede ser un presidente? ¿No le preocupaba a Lincoln poder ofender a algunos de los que lo escuchaban?

Difícilmente. Lincoln estaba siguiendo los reverenciados pasos de George Washington. Fíjense en la fecha de la proclamación de Lincoln: 3 de octubre. En ese mismo día en 1789, el primer presidente de la nación hizo su proclamación de Acción de Gracias. Y como Lincoln, fue claro acerca de quién era merecedor de nuestra gratitud.

Washington hizo un llamamiento aquel día a todos los americanos para que guardaran un día de “agradecimiento y oración en público” dedicado al “servicio de ese gran y glorioso Ser que es el Autor benéfico de todo lo bueno que fue, que es o que será”.

Esto no debería sorprender a nadie. “De las muchas influencias que moldearon el concepto americano de la libertad, la primera y más formativa fue la fe”, escribe el Dr. Matthew Spalding, autor y estudioso experto en el presidente Washington. Los Padres Fundadores sabían que la Primera Enmienda no prohibía la mención pública de Dios. Simplemente significaba que no habría una iglesia oficial del Estado.

También sabían que, cualquiera que fuese la iglesia a que perteneciera un americano, debería dar gracias a Dios Todopoderoso. No porque vivamos en algún cielo sobre la tierra — eso es imposible. Sino porque, a pesar de nuestros problemas, hemos sido enormemente bendecidos. Vivimos en un país que reconoce nuestro derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. En un mundo donde imperan la muerte, la tiranía, la enfermedad y el hambre, esto es casi un milagro.

Necesitamos actuar como si lo creyéramos. Y la mejor forma de empezar es dando las gracias.

 

Edwin J. Feulner
Presidente de la Fundación Heritage

 

La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org.

 

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