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  • Un Día del Trabajo sin trabajo

     

     

    Para 14 millones de ciudadanos desempleados y sus familias, este Día del Trabajo no será feliz. En vez de disfrutar de un día de descanso, están sufriendo una perturbadora tendencia en la economía de Obama: No se crean empleos, el índice de desempleo no ha mejorado y la economía está prácticamente paralizada. Peor aún, el estancamiento del mercado laboral puede estar convirtiéndose en un retroceso.

    Y hoy, en Detroit, que en julio tuvo el mayor índice de desempleo de las áreas metropolitanas del país, el presidente Obama va a aparecer con varios presidentes sindicales, incluyendo Richard Trumka de la AFL-CIO, James P. Hoffa de los transportistas Teamsters y Bob King de la UAW, para pregonar su rescate de la industria automovilística y ese plan del que todavía no sabemos nada y que supuestamente va a solucionar la economía.

    Tener como fondo a los grandes sindicatos es algo irónico, pero nada sorprendente. El movimiento sindical ha ayudado a la tremenda pérdida de trabajos en la industria manufacturera en Estados Unidos y las exigencias impuestas por el sindicalismo a empresas y gobiernos ayudaron a crear las mismísimas condiciones que llevaron al trágico desempleo en Detroit y en todo el país. Pero son fuertes aliados políticos del presidente —en el último ciclo electoral se gastaron $1,100 millones en cabildeo político— y continúan teniendo un lugar destacado junto al poder.

    Sigue de esto que el presidente Obama continúa poniendo los intereses institucionales de los sindicatos por delante del bienestar económico de la nación. Los expertos de Heritage, Rea Hederman y James Sherk, explican que el último ejemplo es el de la Junta Nacional de Relaciones del Trabajo (NLRB) que recientemente promulgó varias decisiones que menoscaban los derechos de empresarios y empleados: elecciones sindicales anticipadas, restringir elecciones con sufragio secreto y una nueva normativa que permite a los sindicatos escoger a su gusto qué trabajadores votarán sobre la sindicalización de su centro de trabajo. Todas estas decisiones están pensadas para facilitar la sindicalización de compañías en las que los trabajadores no sienten gran entusiasmo por los sindicatos.

    Los trabajadores del sector privado tienen el derecho, por supuesto, de sindicalizarse. Los directivos tendrán el sindicato que se merezcan. Pero la sindicalización tiene costos económicos, como advierten Sherk y Hederman:

    Los sindicatos hacen que los negocios sean menos competitivos y desmotivan la inversión. Esto reduce el crecimiento de empleo. Hay estudios que muestran cómo los empleos bajan entre 5–10% en compañías recién sindicalizadas. Más adelante, el empleo crece entre tres y cuatro puntos porcentuales más lentamente en negocios sindicalizados que en compañías idénticas en todo lo demás pero sin sindicalizar.

    Este resultado se puede percibir en lugares como la Ciudad del Motor donde el empleo manufacturero sindicalizado se hunde. Desde 2005, General Motors (GM) eliminó la mitad de su fuerza laboral sindicalizada. En todo el país, el empleo manufacturero sindicalizado cayó un 80% entre 1977 y 2010, mientras que el no sindicalizado disminuyó un 6% en el mismo periodo. Los sindicatos están sintiendo los efectos, perdiendo más de 600,000 miembros solo en 2010. Si los trabajadores están contentos sin un sindicato, el gobierno no debería forzarlos a tener uno.

    Sherk explica por qué los sindicatos están en declive:

    La afiliación sindical ha caído porque la negociación colectiva tradicional no es atractiva para la mayoría de empleados. Las encuestas muestran que solo uno de cada diez trabajadores no sindicalizados quiere hacerlo. Esto tiene sentido: en el competitivo sector privado, los sindicatos pueden hacer poco por aumentar los sueldos de sus miembros. Adicionalmente, a la mayoría de los trabajadores les gustan sus empleos y creen que están en el mismo bando que los empresarios.

    Afortunadamente, los grandes sindicatos no tienen por qué ser la única alternativa. Los trabajadores quieren tener voz en el lugar de trabajo pero son cada vez más conscientes de las limitaciones de los sindicatos. En el  sector privado los sindicatos tienen poco poder para elevar los salarios de sus miembros mientras que los empleadores han aprendido que respetar a sus empleados es beneficioso para el negocio. Por eso la abrumadora mayoría de trabajadores dicen estar satisfechos con sus empleos y sus jefes.

    No obstante, los sindicatos no se van a dar por vencidos sin pelear. Por eso están cabildeando a la administración Obama para que proteja sus intereses. Desafortunadamente, el presidente Obama es condescendiente con los sindicatos, sea cambiando las reglas de juego para hacer más fácil la sindicalización o impidiendo que los empresarios privados puedan establecerse en estados con Derecho al Trabajo —es lo que NRLB está haciendo con Boeing en el caso de Carolina del Sur— sea presionando para que haya más gasto público en proyectos de infraestructura que emplean principalmente a miembros sindicalizados (mientras deja abandonada al resto de la economía).

    Los ciudadanos están padeciendo las consecuencias de la decisión del presidente de satisfacer a los sindicatos antes que reducir el desempleo, todo ello mientras nos llegan más señales de que tenemos un mercado laboral hundiéndose que de estar en una recuperación. Hay cosas que el Congreso y el presidente pueden y deberían hacer para mejorar el clima empresarial, por ejemplo, derogar Obamacare, abrir las puertas a la producción de energía doméstica, impedir la regulación perjudicial, aprobar los acuerdos de libre comercio pendientes y ponerle freno a la NLRB. El Día del Trabajo de 2012 puede ser mejor que el de este año, pero para eso el Congreso y el presidente deberán elegir el camino correcto que nos ayude a llegar allí.

     

    La versión en inglés de este artículo está en Heritage.org.
    Posted in Campana de Heritage, Economía, Estudios, Gobierno de Estados Unidos, Iniciativa y Libre Mercado, Liderazgo para América, Opinión