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  • Una sólida seguridad nacional: El prerrequisito para el comercio pacífico

     

    El lema “La guerra engendra guerra. La paz engendra prosperidad” se ha convertido en la idea favorita de la facción antibélica de la derecha política. A diferencia de sus aliados antibélicos de la izquierda política, que están a favor del proteccionismo, la gente como por ejemplo, el congresista Ron Paul (R-TX), están correctamente comprometidos con la libertad económica. Su error consiste en pensar que el comercio y la seguridad son cuestiones distintas. Nada podría estar más en desacuerdo con la experiencia del arte americano de gobernar.

    En 1789, los beneficios de la libertad garantizada por la Constitución comenzaron a manifestarse (véase el gráfico) a medida que las importaciones (en azul claro) como las exportaciones (en azul oscuro) crecían a pasos agigantados.

    Sin embargo, el comercio americano era vulnerable a los ataques de las potencias extranjeras. Cuando los mercaderes o comerciantes americanos eran atacados, la joven nación americana supo defender sus venerados y vitalmente importantes principios de libertad económica frente a Francia (1798), Trípoli (1801), Inglaterra (1812) y Argel (1815). Los ataques contra el comercio de Estados Unidos antes de cada guerra y durante las mismas tenían consecuencias desastrosas para la prosperidad de América a medida que el comercio se desplomaba.

    En el momento de la fundación de Estados Unidos, el imperialismo y el mercantilismo dominaban el sistema económico internacional. Estados Unidos, en virtud de sus principios, rechazó este camino europeo a la prosperidad nacional de corte estatista. En lugar de que el gobierno apuntalara los negocios, muchos de los Fundadores esperaban que la empresa privada y el comercio fueran la clave de la prosperidad nacional de Estados Unidos.

    Alexander Hamilton reconoció el comercio internacional como el medio natural para el espíritu innovador y emprendedor del pueblo americano:

     

    El inigualado espíritu de empresa que singulariza el genio de los navegantes y comerciantes americanos, y que en sí mismo constituye una inagotable mina de riqueza nacional, se ahogaría y perdería, y la pobreza y la deshonra se extenderían por todo un país que con prudencia podría hacer de sí mismo la admiración y la envidia del mundo.

     

    De hecho, la actividad económica privada de los ciudadanos de Estados Unidos expandió rápidamente el alcance de las ideas e intereses americanos a todos los rincones del mundo.

    Los agricultores y fabricantes de Estados Unidos dependían enormemente del comercio internacional. Tales actividades emprendedoras, sin embargo, podrían dar frutos solamente si los ciudadanos americanos eran capaces de viajar y comerciar sin peligro en alta mar.

    Observando lo rápido que se había expandido el comercio americano, Hamilton señaló que “existen indicios que permiten suponer que el espíritu aventurero distintivo del carácter comercial americano, ha producido ya cierto malestar en varias de las potencias marítimas de Europa”. Este “cierto malestar” pronto se convirtió en amenazas tangibles, ya que las fuerzas navales británicas y francesas comenzaron a hostigar el comercio de Estados Unidos, junto con los corsarios berberiscos del norte de África.

    Estas acciones de las potencias extranjeras violaban la soberanía de Estados Unidos y ponían en peligro el camino a la prosperidad de Estados Unidos – el comercio pacífico. Cuando comenzaron los ataques, John Adams, entonces diplomático de Estados Unidos, señaló con toda franqueza que era “una buena ocasión para crear una marina de guerra”. El ejército de Estados Unidos tenía un papel importante que desempeñar en la protección de las vidas y libertades de los americanos dedicados al comercio exterior.

    Por solicitud del presidente George Washington, el Congreso financió los primeros buques de guerra en 1794 para proteger el comercio americano de los corsarios de los Estados de Berbería (actualmente Marruecos, Argelia, Túnez y Libia). La marina de guerra fue aumentando constantemente su fuerza para proteger aún más el comercio americano.

    Proteger el comercio es una responsabilidad permanente y un elemento fundamental de la seguridad nacional de Estados Unidos. Cuando las potencias extranjeras amedrentan el comercio de Estados Unidos y secuestran la prosperidad americana, eso se ve como una amenaza fundamental. Después de cuatro guerras para proteger el comercio americano, James Madison dejó muy claro en 1815 cómo respondería Estados Unidos a una futura coacción: “Estados Unidos, aunque no desee la guerra con nación alguna, tampoco comprará la paz, siendo un principio incorporado en la política establecida de Estados Unidos que así como la paz es mejor que la guerra, así la guerra es mejor que pagar tributo”.

    Según los Fundadores, la paz es deseable, pero no es el objetivo final. “Asegurar los beneficios de la libertad” para el pueblo americano es el objetivo y ello requiere disponibilidad militar y, cuando sea necesario, la guerra.

    Hoy en día, la libertad económica todavía depende de la fortaleza de las instituciones de seguridad nacional de América. Estados Unidos debe reconsiderar seriamente su compromiso con el Tratado sobre Derecho del Mar que socava la soberanía del país al interferir con las operaciones de la Marina de Estados Unidos en alta mar y podría costar billones de dólares en ingresos perdidos. La capacidad de la Marina de Estados Unidos para proteger la libertad de los mares hoy en día sigue siendo de vital importancia a medida que las tensiones en el Mar de la China Meridional siguen creciendo.

     

    La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org. 

     

    Posted in Conflictos Internacionales, Defensa, Estudios, Gobierno de Estados Unidos, Historia de Estados Unidos, Iniciativa y Libre Mercado, Libre comercio, Opinión, Pensamiento Político, Política Exterior, Principios Fundacionales, Seguridad