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  • Yemen: Qué debe hacer el presidente Obama

    WebMemo #3204

    El presidente Obama no puede darse el lujo de centrarse en una crisis a la vez ya que el malestar y las transformaciones están extendiéndose en Oriente Medio y el norte de África. En especial, Estados Unidos no debe descuidar la crisis en curso que acaece en Yemen, un país que ha servido como base de operaciones para ataques terroristas contra Estados Unidos y sus aliados. Una dosis doble de diplomacia e implicación es vital en estos momentos para garantizar que Estados Unidos pueda seguir conduciendo efectivas operaciones de contraterrorismo en la región.

    Estado de cosas

    El asediado presidente yemení Alí Abdulá Salé está perdiendo rápidamente el control del poder a raíz de las protestas que están proliferando contra su gobierno y a las que se han sumado gente clave como líderes militares, políticos y tribales. Salé se enfrenta ahora a la desagradable alternativa de dejar el poder o suprimir violentamente la revuelta populista estilo Muamar Gadafi — uno de los únicos dos gobernantes del mundo árabe que han estado en el poder más tiempo que los 32 años de Salé .

    Estados Unidos se juega mucho en el resultado de esta crisis política que se agudiza, debido a la amenaza terrorista que representa al-Qaeda en la Península Arábiga (AQAP, por sus siglas en inglés) ya establecida en las tierras yermas tribales de Yemen.

    Washington debería encabezar el proyecto internacional para transferir pacíficamente el poder a un nuevo gobierno que siga comprometido con la lucha contra el terrorismo de al-Qaeda.

    Salé es un astuto sobreviviente político que ha dominado la tumultuosa vida política del país más pobre del mundo árabe mediante la explotación de las rivalidades sectarias y tribales durante más de tres décadas, pero finalmente su suerte se le está acabando. El pasado viernes, tras seis semanas de pacíficas protestas en la capital, Saná, los secuaces de la policía secreta de Salé situaron francotiradores en los tejados para disparar a los manifestantes, matando más de cincuenta e hiriendo a centenares. El lunes, miembros clave del gobierno — incluyendo al general de división Alí Mohsen al-Ahmar, líder militar supremo de Yemen — dimitieron como protesta y exigieron la renuncia de Salé.

    El general Mohsen ha movilizado fuerzas del ejército y situado tanques en la capital como respaldo a sus exigencias mientras que Salé ha situado tanques alrededor de su palacio presidencial para mostrar su determinación de aferrarse al poder. El tenso punto muerto puede explosionar en cualquier momento si las conversaciones extraoficiales entre Salé y la oposición no resuelven la situación pronto. Salé ya había accedido a renunciar a final de año tras tener lugar nuevas elecciones al parlamento, pero la oposición insiste en que lo haga inmediatamente.

    Los antiguos aliados de Salé ahora tienen prisa para abandonarlo. Las principales tribus de Yemen — e incluso la tribu Sanhan del propio Salé — se han vuelto contra el presidente. La oposición se alimenta de un larvado resentimiento contra la corrupción, el nepotismo y la ineficacia del gobierno para facilitar el empleo, el desarrollo económico, la educación y otros servicios al pueblo yemení.

    Una de las fuerzas tras la coalición ad hoc de oposición es el Partido Islah, un movimiento islamista cuyo líder espiritual, el jeque Zindani, ha sido calificado como terrorista por el gobierno de Estados Unidos debido a sus fuertes vínculos con Osama bin Laden. Los grupos de oposición exhortaron a marchar hacia el palacio presidencial el viernes 25, lo que podría llevar a Yemen al borde de la guerra civil salvo que pueda establecerse algún tipo de acuerdo.

    Prioridades en la política de Estados Unidos

    El principal interés nacional de Estados Unidos es contener y derrotar a AQAP que ha surgido como la amenaza más urgente para la seguridad interior desde que el alto mando de al-Qaeda se vio obligado a esconderse en las remotas áreas tribales de Pakistán. Anwar al-Awlaki, de AQAP, un clérigo yemení nacido en América, se ha convertido en un líder clave de al-Qaeda. Se cree que inspiró al mayor Nidal Hassan, que perpetró el tiroteo de Fort Hood en 2009 y a Umar Faruk Abdulmutalab, el fallido terrorista suicida que quería volar un avión de pasajeros con destino Detroit el día de Navidad de 2009 [1]. Se sospecha que Awlaki también jugó algún papel en el complot de AQAP de noviembre de 2010 para enviar paquetes bomba a Estados Unidos en aviones de carga.

    Estados Unidos estableció una inadecuada alianza de conveniencia con Salé para poder presionar más a AQAP. Aunque prevenir que AQAP lograra hacer un santuario en Yemen es la mayor prioridad de Washington, el régimen de Salé estuvo siempre más preocupado con la amenaza de la rebelión huti en el norte, ya en el séptimo año, y el movimiento secesionista que se lleva gestando en el sur y que recrudece intermitentemente desde la unificación del norte y el sur de Yemen en 1990. El débil gobierno central yemení estará incluso menos predispuesto y menos capacitado a apoyar a Estados Unidos en la lucha contra AQAP ahora que Salé está peleando por su supervivencia política.

    Para ayudar a estabilizar Yemen y mantener la presión sobre AQAP, la administración Obama debería:

    • Promover una transición pacífica. Cuanto más tiempo sea la capital Saná un nido de violencia política, más fuerte se hará AQAP. Washington debería buscar una salida honrosa para el cada vez más denostado Salé, de forma que se mitigue la tensión existente y se permita la formación de otro gobierno.
    • Mantener estrechos contactos con los líderes militares yemeníes. La columna vertebral de cualquier gobierno que suceda al actual probablemente estará compuesto de militares o antiguos líderes militares. El general Mohsen puede emerger como el habilitador de cualquier nuevo régimen y debería ser contactado discretamente para determinar si ha cambiado en relación a su problemático pasado de apoyo a extremistas islámicos. Hay una posibilidad de que estuviera actuando en nombre de Salé, su mentor de toda la vida.
    • Crear lazos con la oposición. Los diplomáticos americanos y los funcionarios de inteligencia deberían contactar discretamente y sondear a líderes clave de grupos políticos y tribus dentro de la poco organizada coalición de oposición para determinar cuáles pueden ser potenciales aliados contra AQAP y ayudarlos a convertirse en parte integral del próximo gobierno.
    • Coordinar la política de actuación con Arabia Saudita. Riad tiene intereses estratégicos en la estabilidad de Yemen y en derrotar a AQAP, organización que falló por muy poco en su atentado suicida de agosto de 2009 para asesinar al príncipe saudí que lidera la lucha antiterrorista. Arabia Saudita tiene la influencia extranjera más fuerte en Yemen gracias a sus desembolsos de subsidios para los líderes tribales y su ayuda financiera al gobierno.
    • Impedir que Irán pesque en río revuelto. Hay un creciente peligro de que la perenne rebelión huti se pueda convertir en una completa guerra proxy entre Irán y Arabia Saudita. Los miembros de la tribu huti son chiítas zaidi que no comparten el chiísmo iraní, pero están abiertos al apoyo iraní en su conflicto contra el ejército yemení, predominantemente suní y Arabia Saudita. La mejor solución sería crear un acuerdo político que acabase de forma definitiva con la rebelión huti, pero mientras tanto, Estados Unidos debería cooperar con los gobiernos yemení y saudita para contener la influencia iraní e interceptar cualquier envío de armas.

    El momento de implicarse

    Salé ha sido un aliado reticente contra AQAP, a la cual ha percibido como una amenaza mucho menor para su poder que un movimiento secesionista en el sur o la rebelión huti en el norte de Yemen. Si lucha por conservar el poder, Yemen podría desintegrarse en la anarquía, lo que beneficiaría grandemente a AQAP y le permitiría trabajar con más libertad. Washington debería esforzarse por impedir que eso ocurra, promoviendo una transferencia pacífica del poder político y el establecimiento de un nuevo gobierno que podría ser un socio a largo plazo en la cooperación antiterrorista — o que podría al menos evitar el riesgo de que Yemen se convierta en un estado fallido que AQAP se pueda aprovechar.

    La versión en inglés de este artículo se publicó en Heritage.org.
    James Phillips es investigador senior de Asuntos de Oriente Medio en el Centro Douglas y Sarah Allison de Estudios de Política Exterior, unidad del Instituto Kathryn y Shelby Cullom Davis para Estudios Internacionales de la Fundación Heritage.
    Referencias
    [1]  James Phillips: “Yemen and the Resurgent Al-Qaeda Threat“, Fundación Heritage, WebMemo nº. 2750, 8 de enero de 2010,  http://www.heritage.org/Research/Reports/2010/01/Yemen-and-the-Resurgent-Al-Qaeda-Threat.
    Posted in Conflictos Internacionales, Estudios, Gobierno de Estados Unidos, Informes, Liderazgo Americano, Opinión, Política Exterior, Seguridad Interior, Seguridad Internacional, Terrorismo, WebMemo